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jueves, 11 de junio de 2015

Querencias: antología de cuentos costumbristas

Tras un mes acudiendo como autómatas a los toros -Kafka habría disfrutado con los abonados de Las Ventas-, tristemente, hay que ir pensando en planes "post-isidriles". Como alternativa a las tardes de sol y moscas, la editorial Modus Operandi ha lanzando su último libro, una antología de cuentos costumbristas titulada "Querencias", que ya puede encontrarse en librerías.
 

"En una época en la que se busca con desesperación la tumba de Miguel de Cervantes a pesar de que casi nadie lee ya libros, la editorial Modus Operandi se afana en una quijotesca cruzada literaria: recuperar un género tan nuestro y olvidado como el costumbrismo. Éste es el objetivo de la presente obra, una recopilación de cuentos que oscilan desde la vertiente más pura del costumbrismo hasta el surrealismo-pícaro, pero todos con algo en común: descubrir las querencias de sus autores. La Real Academia Española define la palabra querencia como “acción de amar o querer bien”, “inclinación o tendencia del hombre a volver al sitio en que se ha criado o tiene costumbre de acudir” y “tendencia natural de un ser hacia algo”. En este libro, hay relatos que tratan sobre el puesto de frutos secos de la Manuela, sueños blancos de nieve, torrijas bañadas en miel, banderilleros a los que se les atravesó la vida, Nochebuenas malditas, pardales que aprenden a volar, primeros amores, dioses y Santos.

Albert Camus escribió que España, sin tradiciones, no sería más que un bello desierto. Tradiciones y costumbres se engarzan en esta antología de relatos donde los autores nos desvelan cuáles son sus querencias: Andrés Amorós, Aquilino Duque, Antonio Burgos, Carlos Colón, Domingo Delgado de la Cámara, Antonio García Barbeito, Tomás Paredes, Manuel Jesús Roldán, André Viard y Javier Villán son sólo algunos de los escritores que pueblan estas páginas, salvándolas de la sequía que predijo Camus, con cuentos costumbristas, cautivadores por su sencillez, por contener la magia de lo cotidiano, cualidades que los hacen intemporales y universales".
 

El libro, de manejable formato, cuenta con 248 páginas y está ilustrado por la artista francesa Lucie Geffré. Los nostálgicos venteños encontrarán bastantes relatos taurinos y algunos nombres que les resultarán familiares. Que lo disfruten: hasta que arranque San Fermín, nos esperan tardes de lectura.

miércoles, 25 de marzo de 2015

El vapor que se alejaba hacia el Peñón

[...] Yo tuve que ir a Cádiz en aquellos días y le escribí citándola allá, caso de que pudiera venir [...] Al final ella no apareció, como era más que probable que sucediera. A la semana siguiente, por lo tanto, fui yo a Algeciras, expresamente para verla. Le puse un telegrama: "Meet me lobby Hotel Cristina Saturday noon".


Salí de Sevilla en el coche de línea a las 6 de la mañana; pasé por Jerez a las 8, por Medina a las 10 y por Alcalá a las 11. A las 11.50 llegué a Algeciras. Tomé una habitación en el Hotel Madrid, un hotel rococó de barandillas y escayolas. Desde la ventana se veía la torre colonial de la plaza entre palmeras, sobre una perspectiva picassiana de muros blancos, tejados y azoteas. Bajé la calle y tomé un taxi:


Estaba algo más delgada que cuando la dejé en Cambridge y me sonrió con su leve modo triste de siempre. Yo me atropellaba hablando. Le quería hacer en dos minutos el resumen de todo cuanto había pasado en tres años largos. Le hablé de demasiada gente para no tener que hablarle de mí mismo [...] Almorzamos en el mismo hotel, aún con cierta tensión de personas que se conocieran menos de lo que nosotros nos habíamos conocido, porque, habiendo pedido platos distintos, el camarero se equivocó al servir y nosotros no nos dimos cuenta hasta después de empezar a comer. Así, no atreviéndonos a proponer el cambio, hubimos de comer cada cual lo que no había pedido.


Después de comer salimos a la pérgola de la terraza a tomar café. Entre el jardín y el mar escamoteaban el pueblo. Escogimos una mesita entre sol y sombra y nos sentamos mirando a la bahía, yo a la sombra y ella al sol.


[...] El resto de la tarde lo pasamos por las calles del pueblo, de tienda en tienda. Ella buscaba una mantelería; yo, tela de nylon para un traje de flamenca. Ella encontró el encaje que buscaba, pero no se lo llevó porque el juego tenía sólo seis servilletas y ella necesitaba ocho. Yo encontré el nylon, pero el tendero me dijo que a nadie se le ocurría hacerse un traje de flamenca de dicho material. Yo le dije que no era cosa mía, sino de mis hermanas que me habían hecho el encargo. El tendero creyó oportuno añadir que el nylon no admite el almidonado de los volantes [...] Al pasar frente al consulado inglés, cuya bandera ondeaba sobre barandas de cal y apliques de escayola como haciendo señas cifradas al Peñón, nos abordó un vendedor de anillos y relojes. Comenzó pidiendo el oro y el moro en lo que él juzgaba que era inglés. Yo me hice el inglés y el tonto y conseguí que dejara el anillo en 15 chelines y el reloj en dos libras esterlinas. A última hora no cerramos el trato y el hombre se largó echando maldiciones.


[...] Cuando el vapor comenzó a desatracar sólo quedaba en ella la sonrisa de siempre, cuya suave tristeza se me clavaba, más implacable que nunca, en lo más hondo. El vapor se alejaba hacia el Peñón. Éste era como un perro echado, indiferente a todo, dando la espalda al fracaso de cristales del poniente. Entre el vapor y mis ojos se interponía un laberinto de rayas multicolores y resplandores a contraluz, mástiles, cordajes, arboladuras, tejados, azoteas, vidrios azul y oro, redes de pesca o de tenis que el salitre de la marea endurecía y atirantaba.

(Aquilino Duque escribió este cuento, titulado "La historia de Sally Gray", en enero de 1959, en Venecia, aunque los hechos que relata sucedieron en Algeciras. Finalmente, se casó con Sally).

viernes, 23 de enero de 2015

Lenin y Belmonte

En la céntrica plaza del Molard, de Ginebra, se puede entrar si se quiere por un pasadizo ojival en la base de una torre. La torre tiene en lo alto, a uno de sus lados, un reloj y en otro, un bajorrelieve en la línea expresionista y heroica de los años 30. El bajorrelieve representa a una matrona alegórica con el escudo del cantón bajo un brazo, la cual, bajo el lema Genève, cité de refuge, tiende el otro brazo hacia un señor reclinado, calvo y de barba puntiaguda, que si no es Lenin se le parece mucho. Si el personaje figurado en el bajorrelieve fuera en efecto Lenin, la cosa no tendría nada de particular, pues Lenin gozó en Ginebra de la condición de refugiado político. El ambiente de los estudiantes y refugiados y conspiradores rusos en torno a la Universidad lo describió por cierto maravillosa y románticamente Baroja en La vida es ansí. En ese barrio, entre el Conservatorio y los jardines de la Universidad, existe aún, aunque reformado últimamente, el antiguo Café Landolt, donde paraba Lenin, y en él se conserva, colgada de la pared, entre cuadros de estudiantes de uniforme en duelos de esgrima, la tapa ahumada y barnizada de una mesa en la que Lenin grabó su nombre con una navaja.
 
 
En Higuera de la Sierra, provincia de Huelva, hubo una taberna en la que comió Juan Belmonte cuando era novillero, y en ella se conservaba también la mesa en que, después de comer, dejó el torero su nombre grabado con una navaja. Cuando yo tuve noticia de ello, hace ya muchos años, ya no existía ni la mesa ni la taberna, y es que los españoles somos bastante menos conservadores que los suizos.
 
 
Si se piensa que Belmonte tomó la alternativa allá por el año 13, nada de particular tiene que su ocurrencia y la de Lenin fueran rigurosamente contemporáneas. Tal vez el mismo día del mismo año, quién sabe si a la misma hora, dos hombres que no sabían nada del otro y de quienes el mundo sabía aún muy poco más, hacían la misma operación, uno en la cosmopolita ciudad de Ginebra, otro en el corchotaponero pueblo de Higuera de la Sierra. Un revolucionario fracasado y un novillero introvertido hacían de aquella manera tosca un acto de fe en su destino respectivo; se entretenían silenciosos, entre el humo y las palabras de la sobremesa, en grabar en una mesa de taberna unos oscuros nombres que ellos sabían ya inscritos en los astros.
 
Ginebra e Higuera de la Sierra
 
Cuando don Fernando de los Ríos fue a Rusia después de la Revolución, a ver a Lenin, en lugar de perder el tiempo hablándole de la libertad, debía haberle hablado de Juan Belmonte.
 
Aquilino Duque (Ginebra, agosto de 1981)

martes, 6 de enero de 2015

Para los niños


«Para los niños no existe separación alguna entre el Cielo y la Tierra, y en ese mundo mágico viví yo hasta los nueve años por lo menos, y gracias a haber vivido en ese mundo mágico de niño, he sido capaz, ya de hombre, de entender y de sentir el lado mágico de la vida [...] Para un niño el tiempo no existe; tiene tanto tiempo por delante que se olvida de su existencia hasta que algún acontecimiento importante le imprime tal o cual fecha en la imaginación [...] Las sombras pasan, la luz permanece. A esa edad los disgustos se olvidan con rapidez; de la miseria sólo se ve el lado cómico y de la tragedia el heroico».
 
(Aquilino Duque, fragmentos del libro "El Rey Mago y su elefante", 1993)


Revista gráfica "La Esfera"
 

martes, 2 de septiembre de 2014

Un golpe de mar en el ruedo

En el atardecer cobalto y oro, al cabo del largo reguero de sangre que dejaba en el mar el sol arponeado, una extraña nave redonda, una urca gigantesca, una fragata desabolada, un navío de tres puentes escapado de Trafalgar, un Holandés Errante varado en la playa, la bota que vio Noé, harto de agua, carpinteara con las cuadernas y los baos del arca desguazada, aparecía entre bancos de arena y cubos de granito, empavesada de grímpolas y coronada de gaviotas. Era la plaza de madera.

 
[…] En el vacío causado por las diez mil respiraciones contenidas se ampliaba el rumor del mar que lo invadía todo, transfigurando el aire, entretejiéndole súbitos tornasoles. De las playas venía, rugiendo y rampante, un viento leonado sacudiéndose la crin de arena.

 
Fue como si un golpe de mar irrumpiera en el ruedo, y en medio de la polvareda salina, olorosa a cieno y heno, a barco hundido y marisma anegada, saltó a la arena un toro cárdeno, irisado como un delfín. Al salir de los chiqueros submarinos debía de haberse llevado por delante una enredadera de algas, a juzgar por los hilos transparentes que le colgaban del morro. Bramaba y jadeaba como si, en efecto, fuera el agua su elemento y fuera de ella le faltara la respiración. Pez en seco, corazón arrancado, era tal su condición marina que, más que toro, era el propio mar que invadía la plaza para incorporarla a sus dominios.

 
[…] Pocas veces se había visto en aquella plaza un toro de aquel poderío. Toda la fuerza del mar estaba en él represada, con sus trombas como torres y sus olas como murallas; toda la fuerza del mar reducida, apretada en un cárdeno ovillo de músculos y afilándose en dos puntas mortales.
 
Fragmento de la novela "Los agujeros negros", de Aquilino Duque

viernes, 18 de abril de 2014

Tuyo es el Viernes Santo

 
El Cachorro en el Puente
 
Esta noche, Manuel, tú sobre el puente,
tú sobre el río; prometiendo abrazos
que nunca habrás de dar porque no puedes,
porque un madero y unos clavos dicen
que nadie es libre de morir su muerte.

Esta noche, Manuel, tú sobre el río.

Quién te puso corona de saetas,
Cachorro de Sevilla...
Quién pudo hacerte interminable el tránsito...

Hoy no se pasa: aquí muere Sevilla
mientras tu silueta va en el río
caminando otra vez sobre las aguas...
Y ya tu pelo, nebulosa trágica,
río de miel lentísimo,
va velando la muerte que te vela.

Trono moreno de Judea, pasa.

Pasa, Manuel, tuyo es el Viernes Santo,
tuyos son estos ojos que te lloran,
esta voz que te canta,
esta espuma de estrellas andaluzas.
Sigue pasando, alzado y ofrecido.

Esta noche, Manuel, tú sobre el puente.

Quién te trajo hasta mí, quién levantaba
tu belleza, tu cuerpo como un río,
lanza de luz nocturna en el costado...
Quién pudo hacer que el último suspiro

de tus labios se dé a cada momento,
desde no sé qué siglos hasta ahora,
hasta ahora, para ir diciendo al mundo,
para ir diciendo al tiempo: Así se muere.
Así mueren los Hombres.
 
(Aquilino Duque)
 

miércoles, 5 de febrero de 2014

Música y Tauromaquia en Filadelfia

En su libro El toreo y las luces, Aquilino Duque cuenta una simpática anécdota que protagonizó Pepe Luis Vázquez cuando, en una ocasión, fue invitado a un concierto en la Academia de Música de Filadelfia. Aunque la orquesta la creó Fritz Scheel en 1900, adquirió prestigio internacional a partir de 1912, con Leopold Stokowski como director principal. A causa de su parecido físico o quizás por la emoción del momento, el torero de San Bernardo confundió a Stokowski con Diego del Gastor, nombre artístico del guitarrista flamenco Diego Amaya Flores (el apodo provenía de los años en que el artista vivió en El Gastor, un pueblecito de la sierra de Cádiz, donde pasó su infancia). Pues he aquí que, un buen día, Diego del Gastor y Pepe Luis, imaginariamente, coincidieron en Filadelfia. Y esto fue lo que sucedió:
 
Diego del Gastor y Leopold Stokowski
 
"Vivía en Estados Unidos un español que cada vez que tocaba en Nueva York o Filadelfia el barco que llevaba a México a los toreros españoles, acudía al puerto a saludarlos y, a la ida o a la vuelta, los agasajaba y les enseñaba el país. En una ocasión les propuso ir a un concierto en la célebre Academia de la Música de Filadelfia. La cuadrilla no mostró demasiado entusiasmo, pero Pepe Luis aceptó. Ocuparon los músicos sus puestos; hicieron los instrumentos sus gargarismos; se apagaron las luces de la sala, apareció con paso resuelto el director, que se colocó frente al atril entre los aplausos del público. Pepe Luis no daba crédito a sus ojos. Aquel hombre era el guitarrista Diego el de El Gastor. El mismo pelo blanco habilidosamente peinado y el mismo ademán al tomar la batuta e inclinarse sobre el atril de cuello de la sonata. Del estupor de ver a la figura o la contrafigura de Diego el de El Gastor en tan insólito lugar, Pepe Luis pasó al asombro de la música que escuchaba, hasta el punto de que, al concluir un compás o un movimiento, se le escapó un ¡olé! involuntario. Tierra, trágame. Un color se le iba y otro se le venía. Seguro que miles de ojos expresaban su furibunda reprobación. Al terminar la pieza y responder a la ovación delirante, el doble aquel de Diego el de El Gastor -que, por la época en la que ocurrió el lance, no tenía más remedio que ser Leopoldo Stokowski- envió un saludo sonriente a la fila de butacas de donde había saltado aquel ¡olé! extemporáneo. La pieza era una sinfonía de Mozart".
 

martes, 21 de enero de 2014

La corrida imaginaria

Una pequeña muestra de la prodigiosa memoria taurina de Aquilino Duque, que narra en su libro "El toreo y las luces".
 
 
A Chicuelo llegué a verlo, recién acabada nuestra guerra, mano a mano con Cagancho en la plaza deZufre, esa plaza con fondo de serranía como el teatro de Epidauro. Fue el 17 de septiembre de 1940 y yo pedí la llave montando en un caballo alazán que mi padre había comprado en Escacena. Volví a verlos a los dos al año siguiente, el 11 del mismo mes, también de corto, y cada uno mató dos novillos de López Plata. Tomo estos datos de un diario que empecé a llevar a mediados de aquel año de 1941, décimo de mi edad. Los asientos de aquel diario no pueden ser más escuetos. El correspondiente al 31 de agosto reza así: “Es domingo y voy a Misa. Tiran cohetes porque van a venir toreros de fama”.Como puede verse, de lejos me viene este “amor (y que disimule Antonio Machado) a los alamares / y a las sedas y a los oros / a la sangre de los toros / y al humo de los altares”.


Doy estos pormenores porque hasta hace muy poco tiempo tenía la completa seguridad de haber visto, unos ocho o diez años más tarde y en La Maestranza sevillana y a poco de la alternativa de Manolo González, una corrida en la que alternaba con Chicuelo y Pepe Luis Vázquez. Tengo muy presente un quite de González en el que éste ejecutó unas originales chicuelinas en las que quebraba al toro con el capote, en un rápido vaivén de última hora, antes de ceñírselo al cuerpo. Yo pensé que el joven matador, pletórico de facultades, quería de ese modo hacer ver al veterano maestro cómo había mejorado el lance inventado por él. Pues bien, esa corrida por lo visto no existió jamás. El único superviviente no la recuerda y en mis diarios no encuentro la menor referencia. Lo más aproximado es una del 2 de mayo del 49 en la que actuaron Conchita Cintrón, Pepe Luis, Pepín Martín Vázquez y Manolo González. ¿Sería ésa? ¿Cómo es posible que la memoria pueda jugar estas pasadas, estas buenas pasadas? Porque si lo que pasó no tiene ya otra realidad que lo que se soñó, ¿cómo puedo renunciar a esa entrañable imagen de ver vestidos de luces y en La Maestranza a las tres personificaciones que tuvo en aquellos años el toreo sevillano? ¿Y qué afición a una manera determinada de concebir e interpretar el toreo me ha podido inducir a convertirme de ese modo en empresario de una fantasmagoría? Lo menos que esa afición se merecía era que esos tres toreros me pagaran con esa corrida imaginaria.

sábado, 11 de enero de 2014

Paseo por un pueblo blanco andaluz

El nombre de este precioso y cristalino pueblo de 950 habitantes proviene del árabe, "sufre", cuyo significado era "tributo". Ahora Zufre se encuentra protegido por la sierra de Aroche y por su patrona, la Virgen del Puerto.
 
 
Como tarde, es muy tarde
Como noche, es muy pronto.
Por la sierra Vicaria
andarán ya los lobos.
 
Corazón, no te vayas.
Niño, no salgas solo.
 
 
Por las cuatro callejas
cuatro cascos: el potro...
A estas horas el campo
lleno estará de ojos,
de lenguas misteriosas
que se callan a coro.
 
Por los caminos largos
que van hacia lo hondo
de la noche te quedas
pensativo y absorto.
 
 
Tú, desde las Almenas,
niño de calzón corto,
todavía contemplas
la tarde y su rescoldo.
La tarde interminable
que se cierra de pronto
como un gran abanico
de varillas de oro.
 
 
Yo me asomé a las Almenas
por ver cómo atardecía
a esa hora en la que apenas
arde el pabilo del día.
 
Abanico de la aurora,
despliega tu varillaje
y sobredora la hora
de la niebla en el paisaje
 
Tanto correr por el mundo,
buscando pan de trastrigo,
para hallarlo en el profundo
sosiego de este postigo.

 
En Zufre pasó su infancia y juventud el poeta Aquilino Duque, autor de los versos que jalonan este post. Et in Arcadia ego, que en latín significa algo así como "y yo también estoy en Arcadia", un país imaginario donde reina la alegría, la sencillez y la tranquilidad. Como en Zufre que, para redondear la perfección, cuenta además con una hermosísima plaza de toros.

lunes, 16 de diciembre de 2013

El festival de La Pañoleta (II)

"Antes entraba usted en un hotel y sabía usted por el olor dónde estaban los picadores... Olían a linlimento del tío ése de los bigotes. Andaban siempre por lo suelos. Hoy algunos hasta llevan agua de colonia en la sombrerera de los castoreños" (Luis Fuentes Bejarano)
 

Seguimos con la segunda parte del cuento "El festival de La Pañoleta" escrito en 1959 por el siempre brillante Aquilino Duque. Pinchen sobre este enlace si se perdieron el arranque de la historia.

La corrida era un festival de traje corto. Cinco muchachos de los pueblos vecinos habían pagado cincuenta duros por barba al arrendatario de la plaza para enfrentarse con cinco novillos desecho de tienta y cerrado. Los carteles anunciaban en llamativos caracteres rojos "Corrida Concurso", y a ella acudía gente de los pueblos como el que va a una competición de boxeo o de lucha libre, a ver si era el paisano capaz de mojarle la oreja a los otros cuatro compañeros. El famoso ex matador Diego de los Reyes rejonearía y daría muerte a estoque a una brava res de la acreditada ganadería de doña Concepción Soto; de director de la lidia actuaría Luis Fuentes Bejarano, y para Luis Fuente Bejarano fue la primera y más unánime y cerrada ovación de la tarde.
 
Plaza de La Pañoleta, en Camas

Estaba ya la placita de bote en bote: las barreras recién pintadas de rojo, el ruedo recién enarenado de amarillo, y sobre la esfera del reloj daba la bandera muletazos al aire azul turquí. En la puerta de cuadrillas aguardaban los toreros el momento de iniciar el paseíllo; uno fumaba; otro frotaba los pies contra el suelo; otro plegaba cuidadosamente el capote de brega. Un bordoneo de saludos, pregones y pitos de feria hacía saltar la luz en mil pedazos y mezclaba en un mismo torbellino vertiginoso los vivos colores de los graderíos. A las cinco en punto, el pañuelo de la presidencia y el cornetín de órdenes detuvieron en seco el carrusel. Cesaron el bullicio y la confusión y volvió cada color y cada sonido al sitio que le correspondía. Los torerillos dejaron paso al rejoneador que salía a pedir la llave.
 
El rejoneador, vestido de color tabaco sobre una jaquilla ojo de perdiz era la viva imagen de la vaga y remota afición perdida. Apenas si algún pito desganado o una palma nostálgica acompañaron su fugaz paseo por el ruedo. La jaca era demasiado chica y él tenía las piernas demasiado largas y se curvaba con una desgarbada indiferencia color ojo de perdiz sobre la perilla de la montura. Por fin se le vio de nuevo al frente de las cuadrillas.
 
Retrato de Luis Fuentes Bejarano

Fuentes Bejarano, de negro traje campero, el capote a la cintura, apoyado el peso del cuerpo sobre la pierna derecha, fumaba un habano. Apenas De los Reyes en su sitio, tiro él el cigarro y, el recto torso algo adelantado, el sombrero negro sobre la cara curtida, se terció el capote al brazo derecho y se lo trajo a la espalda el tiempo que avanzaba la pierna izquierda. La ovación fue enorme. No era en sí lo que hiciera, sino el cómo lo había hecho lo que de pronto había estremecido a la gente. Un leve gesto sobrio, apenas perceptible de tan fino, y de tan fino hondo y punzante como un rejón de muerte había súbitamente revestido su figura del oro viejo de las tardes triunfales. El lidiador medio y clásico, el matador de estampa antigua venía a confirmar por aquel solo gesto su señorío inmemorial de plazas y carteles, y a demostrar que, pese a llevar tantos años retirado, él no era más que torero, que él no podía ser otra cosa que torero.
 
AQUILINO DUQUE
 

viernes, 13 de diciembre de 2013

El festival de La Pañoleta (I)

Para los amantes de los toros es un orgullo que un intelectual tan brillante como Aquilino Duque Gimeno sea aficionado. En el libro "La operación Marabú", donde se recopilan todos sus cuentos, encontré uno, de corte costumbrista, en el que describe el ambiente que se respira en Camas una tarde en la que se celebra un festival en la plaza de La Pañoleta. Como el relato es extenso, he decidido dividirlo en dos capítulos. Aquí les dejo el primero de ellos.
 
Camas y La Pañoleta

Aquella tarde había toros en La Pañoleta. Un gentío modestamente endomingado se estacionaba frente a las bodegas o hacía cola ante las taquillas de la plaza. De vez en cuando el tranvía de Sevilla o el autobús de Gines dejaban caer un viaje de gente en la parada y se volvían a ir de vacío. Muchachas vestidas de rosa, de amarillo, de celeste llegaban cogidas del brazo por la carretera de Camas o bajaban la cuesta de Castilleja chillando y jaleando a los brillantes automóviles cromados que subían a todo gas hacia el Tiro de Pichón. Por los soportales de la Bodega Gaviño, decorados de anuncios de coñac y carteles de toros, circulaban entre las mesas de tijera colmadas de botellas, vasos y papeles de estraza vendedores de lotería y de mariscos, betuneros, alguna mujer con una tirada de papeletas de rifa y una cesta de mimbre llena de tortas de aceite y coronada de reolinas de papel de colores, algún niño que cantaba flamenco y alargaba la mano...


Y este mismo mundo vario y coloreado invadía en interior, la gran nave destartalada de desnivelado suelo terrizo, donde el alto fulgor áureo de los tragaluces incidía en inexorables rayos pulverizados sobre la gorda sangre del vino de Málaga y los claros metales de la manzanilla. Se estrellaba el sol en los cañeros, en los que el vino ardía como la candelería de un paso de palio. En el suelo se iban amontonando los despojos rosa de las gambas y los langostinos, los huesos verdes de las aceitunas, y ante los platillos de alcaparrones como bolitas de incienso y de rajas de queso como goterones de cera, el polvo que en la deslumbrada penumbra levantaban botos camperos y varitas de acebuche, ennoblecido por la luz de afuera, trazaba canónicas aureolas sobre las romanas tonsuras de los tratantes de ganado.

 
Toda la nave era un puro contraluz de iglesia, un abigarrado cúmulo de siluetas de vidriera, y los mantones de Manila, los pañolones estampados, las botitas de corinto y los sombrerazos de caramelo adquirían la nueva y extraña calidad cromática de una escena contemplada a través de una copa de vino. Algún viejo cartel de toros brillaba con vida y colores propios sobre el muro desnudo entre barriles y telarañas, y los pregones largos de mariscos, flores, altramuces y viseras para el sol tejían una fina malla deslumbrante a través de la cual era imposible distinguir el seseo fino de la capital del basto ceceo del Aljarafe.

AQUILINO DUQUE

Imagen de La Pañoleta
 

lunes, 2 de diciembre de 2013

Cuando Belmonte descubrió su propia muerte en un cuadro de Martínez de León

Patio de caballos por Martínez de León

Gran amigo de Juan Belmonte, con quien no sólo tenía en común el barrio trianero al que ambos arribaron contando con poca edad, el artista sevillano se convirtió en un magnífico captador de la tauromaquia y de la figura de su amigo, el Genio de Triana. El propio Juan Belmonte se refirió con estas afectuosas palabras a su amigo el pintor: "Merecía la pena ser torero, siquiera fuera para verse plasmado por este paisano mío, Martínez de León, un Maestro que quedará para la historia del arte y de la pintura".
 
Belmonte y Rafael El Gallo en Los Corales (Martínez de León)

Belmonte con sombrero, al margen del torero clásico (Martínez de León)

Hay una anécdota que refleja a la perfección la profunda amistad que unía al diestro y al artista de los pinceles y el carboncillo. Juan Belmonte se encontraba observando una pintura de Martínez de León, y éste reparó en que había suscitado en él un significativo interés, por lo que comentó:
 
- ¿Qué te parece el cuadro, Juan...? ¿Me estás escuchando, Juan...?
- Sí, sí, te escucho... Pero dime, ¿de dónde has sacao esa idea, Andrés...?
- No sé... Las ideas a veces vienen solas, Juan. ¿Acaso no te gusta...?
- Sí hombre, claro que me gusta. Precisamente con ella has plasmao en el lienzo un deseo que siempre tuve.
- Explícate un poco mejor, Juan...
- Olvida eso... pero te voy a confesar una cosa que ha de quedar entre tú y yo.
- Descuida, Juan.
- Ya que no se me concedió la gracia de morir en el ruedo como José, hubiera querido hacerlo como ese jinete en el campo de Gómez Cardeña: a caballo, y garrocha en mano.
- ¡Por Dió, Juan...! ¡Nunca pensé que me dirías una cosa así...
- No desearía otra muerte, Andrés. Pero sé que es mucho pedí.
 
Juan Belmonte en Gómez Cardeña visto por Antonio Casero
(Fuente del texto: catálogo de la exposición "Joselito y Belmonte, una revolución complementaria")

Supo torcer el curso de los ríos,
someter a otras leyes a la naturaleza,
decirle al viento: “Tú de aquí no pasas”.
Y del choque surgían
en la punta del asta una flor roja,
tiras de ropa blanca como plumas de ángel,
hilos de sangre, de saliva, de oro,
la zapatilla acaso (un ave negra).

Un periódico abierto baila en la mecedora;
pasa la brisa hojas de aspidistra;
suena y suena el teléfono;
callan a plomo los olivos;
una jaca ensillada espera en vano.

El suelo falta a quien pisaba firme.
Allá abajo los ruedos son volcanes extintos.

Ahogó el disparo el agua que subía.
 
(Epitafio a Juan Belmonte por Aquilino Duque)

Juan Belmonte (1920)