lunes, 27 de marzo de 2017

Y eso no se sabrá nunca

Un poema de César González Ruano empieza con estos versos:

"Fue o no fue
y eso no se sabrá nunca.

Pasó o se quiso que pasara
y eso no se sabrá nunca".


Fue o no fue. Tras el toque de los clarines tempraneros, salió el toro -el novillo, en este domingo de finales de marzo-, sobrevino un aviso, una advertencia, casi inapreciable, en el primer tercio, después una buena faena, con coraje y cabeza, dos tandas notables, por el pitón derecho y por el izquierdo, los primeros olés, un error ínfimo al final de la faena de muleta, casi sacando al novillo para entrar a matar, un arreón, un golpe seco, un grito; y lo que pudo haber sido, no se sabrá nunca. Sólo quedó la imagen -que sacudía con violencia la memoria de otras cogidas- de un hombre, un torero, boca abajo e inerte sobre la arena; los brazos en cruz, las manos muertas. La cuadrilla que corría en su auxilio hasta el tercio, por un ruedo inacabable, el de Madrid, donde todos los terrenos están siempre tan lejos, de los burladeros, del resto del mundo. La mandíbula que se cerraba obstinada a causa del impacto contra el albero y el aire que no entraba en los pulmones. 

"Como yo me iba hiriendo al respirar y no sangraba
como todo era sorpresa de muerte y de deseo
como toda tiniebla así brillaba
eso no se podrá saber".


La congoja mientras la procesión, con el novillero en brazos, se dirigía hacia la puerta enrejada de la enfermería de Las Ventas, que se abría, demasiado madrugadora esta vez, en el primer festejo y el primer toro de la temporada. Como en el poema de González Ruano, no fue; porque Pablo Aguado no volvió a salir al ruedo. Tuvo que ser trasladado de urgencia al hospital por un traumatismo craneoencefálico con pérdida de consciencia y herida en la región parietal. Pronóstico grave que le impedía continuar la lidia. Pasó o se quiso que pasara y eso no se sabrá nunca.


La verdad contumaz del toro. La chaquetilla, como un pelele triste, regresó sin dueño al callejón mientras la lidia continuaba con cinco Fuente Ymbros excelentes. Puerta Grande o enfermería. Tocó lo segundo a pesar de la disposición de los hombres. Horas de entrenamiento en el campo, de miedos asumidos, de desvelo eligiendo los mejores novillos -los de Gallardo, lo eran-, de conversaciones en los despachos, y que un golpe fugaz de mala suerte se llevó por delante. Como un mar que parecía tranquilo, incluso luminoso, haciendo que no sabía nada, alimentando esperanzas de gloria que nunca llegaron. Así es el toro, pero también la vida, donde una balanza imaginaria pasa factura de los triunfos, las ambiciones y los sueños. Nada nuevo, aunque sí inclemente y fatigoso, hasta con los más jóvenes. En esta ocasión, el novillero Pablo Aguado podía abandonar Las Ventas por dos puertas: quizás, la próxima vez, el 22 de mayo, en San Isidro, el destino le depare la que desemboca en la calle Alcalá. Este domingo dejó motivos para creerlo así.

"Por mucho que lo hablen
eso no se podrá saber.

Por mucho que lo sepan".

Fotos: Julián López

martes, 21 de marzo de 2017

El lado oscuro del indulto


Hemos comenzado la temporada 2017 con una fuerte corriente "indultadora". En apenas una semana, se le ha perdonado la vida a un toro en Illescas (por decisión unilateral de su teórico matador, José María Manzanares) y otro en Valencia, plaza de primera categoría. De entre la algarabía, además del pañuelo naranja, asoma otra cuestión más oscura que merece la reflexión del aficionado.

En los últimos años, estamos convirtiendo el indulto en algo ordinario, cuando siempre ha sido un hecho extraordinario. ¿Cuáles son los motivos que subyacen tras esta tendencia de perdonarle la vida a cualquier toro bravo, o semibravo, que salta a un ruedo? Algunos complejos, una justificación social y cierta mentalidad infantil. Con la generalización del indulto, nos acercamos a la llamada "Fiesta incruenta", es decir, a una corrida de toros "light", adulterada, con menos sangre, menos muerte y menos dureza. De cara a la sociedad, el indulto sirve para demostrar que "el aficionado es buena gente" porque ama al toro, y de hecho, le perdona la vida. También aligera ese pesado complejo de que el aficionado a los toros tiene instintos violentos o sanguinarios.


Resulta desconcertante que, recientemente, cierto sector del público que acude a las plazas sale de ellas con mayor grado de satisfacción si ha provocado un indulto. Es decir, que el público se siente mejor y con la moral más reconfortada si pide que se le salve la vida a un toro bravo... o no tan bravo. Ante el aire de los tiempos, parece más ético y sublime ver cómo el toro regresa feliz al campo que contemplar a un torero jugándose la vida para matarlo a carta cabal con su espada y su muleta. Por tanto, el tradicional efecto catártico de la corrida de toros ha cambiado: con el indulto, se acerca peligrosamente a una catarsis vía animal, en vez de humana, pues el público siente más empatía por la vida del toro, en vez de por el valor y hombría del torero. En esto consiste el lado oscuro del indulto que, poco a poco, va carcomiendo la base ética de la corrida que, a la postre, es (y debería seguir siendo) un enfrentamiento feroz entre el toro y el torero, entre el caos y el orden, entre la sombra y la luz.

Uno lee las actuales reseñas taurinas y encuentra más toros indultados que premiados con la vuelta al ruedo, emocionante reconocimiento póstumo a los ejemplares más encastados. Porque no existe mayor gloria para un toro bravo que morir en la plaza ante un público estremecido que siempre guardará su nombre y divisa en la memoria.

lunes, 20 de marzo de 2017

A Las Ventas, sí, pero sin cuchillos


Cuenta atrás. El domingo 26 de marzo arranca la temporada taurina en Las Ventas, un redondel que cada año acaba convertido en el ojo de todos los huracanes. Es, además, el primer paseíllo de la era Simon Casas & Nautalia Viajes. El cartel, con diseño de Jérôme Pradet, ya empapela la fachada de la plaza. Novillos de Fuente Ymbro para tres toreros con ambiente: Pablo Aguado, Leo Valadez y Diego Carretero. 

Sin embargo, el desafortunado indulto de un Garcigrande en Valencia amenaza con volverse una patada en culo ajeno. La afición de Madrid ha desenvainado los puñales. Por las redes, no dejan de publicarse mensajes donde se augura mano dura sobre el palco presidencial y la recién estrenada empresa de Las Ventas. "Madrid no es Valencia", "Simon, te estamos esperando" y otros avisos dignos de una novela de Mario Puzo viajan de boca en boca.


El domingo todos tenemos que ir a Las Ventas, sí, pero sin cuchillos. Que tres novilleros que intentan abrirse camino y ganarse el pan no se conviertan en el chivo expiatorio de una afición cabreada. Los humos, llegado el momento, con los poderosos y los carteles de relumbrón. Pero Madrid ahora, con toda su justicia, tiene que defender a los toreros humildes y a los novilleros, en vista de que otras plazas, injustificablemente, han dejado de hacerlo. Y, de momento, los integrantes de los primeros cuatro carteles de la temporada venteña, poco tienen que ver con los desmanes valencianos ni con los indultos falleros. Por ello, que no paguen una cuenta que no les corresponde.

Escribió Nietzsche: "Pues mi noción de justicia es ésta: los hombres no son iguales" (los toreros, y sus circunstancias, tampoco).

domingo, 12 de marzo de 2017

Bienvenidos los valientes

Bienvenidos los valientes que regresan, bajo la misma luz del levante que lamió su sangre y sus heridas. De Alicante a Valencia, casi un año, Mediterráneo de ida y vuelta. Enorme el mérito de Manuel Escribano que vuelve a comerse con los ojos una plaza de toros.


De justicia el brindis de su compañero Curro Díaz con Juan José Padilla como testigo. Y éste último bien sabe de qué va el juego. Él también reapareció de donde la mayoría no regresa. La tragedia volvió a rozarle en  Fallas. Espeluznante la cogida del cuarto toro, un nudo en la garganta, una bocanada de aire que ni salía ni entraba, con el hombre como un trapo, casi cosido el cuerpo a los pitones del Fuente Ymbro. El recuerdo de otros toreros prendidos por la espalda de la chaquetilla y elevados al cielo para siempre. Un torniquete con el corbatín y los pulmones que volvían a llenarse. El alivio. Padilla, una vez más, volvió a vivir.


Y de la tragedia al torero excelso de Curro Díaz en apenas unos minutos, en un golpe de viento a las banderas valencianas. Los remates por bajo, especialmente las trincherillas, tan de Curro; los cambios de mano, el desmayo y el temple. Una transición así, del horror a la belleza, sólo está en la mano de algunos toreros. La emoción incontenible. No existe un espectáculo comparable a una tarde de toros.

Fotos: Arjona

Las Fallas continúan, ojalá que con mejor ganado pues, tras los mansos de Alcurrucén, en este domingo, sólo fallaron los toros. Corrida de Fuente Ymbro descastada y mansa, de ejemplares bien presentados, astifinos, con peso y trapío idóneos, pero que no aguantaban cuatro muletazos ligados. Y menos si esos muletazos llevaban dentro todo el oro de Linares.

jueves, 9 de marzo de 2017

La entrada al templo


El miércoles por la noche, se presentaron los carteles de la feria más importante del mundo: San Isidro, el eterno gran escaparate, donde, generalmente con justicia, se da y se quita, se triunfa o se fracasa, se llega a la cima o la piedra vuelve a rodar inmisericordemente cuesta abajo.  Es el primer San Isidro de la empresa compuesta por Simon Casas y Nautalia Viajes, la pareja por colleras que se anuncia como Plaza 1. La gala de presentación, dentro de una carpa montada en el ruedo de Las Ventas, fue algo inédito en el mundo del toro. La llegada de aires franceses, sin duda, ha aportado “grandeur” y “glamour”, algo que no está de más y que, por otra parte, ayuda a que el toro tenga, de una vez, visibilidad en los medios generalistas. Incluso grandes marcas comerciales como Maserati patrocinaron el evento. Un triunfo.


Sin embargo, no dejaba de resultar extraño estar cenando sobre el ruedo, en los terrenos de la contraquerencia, donde tantas veces exigimos que se pique en el sitio; o llegando al tercio, donde aquel par de banderillas que nos cerró la boca del estómago; o frente a la puerta de chiqueros, donde aquella porta gayola y aquella cornada que dejó un reguero de sangre hasta la puerta de la enfermería. A pesar de la pirotecnia de Plaza 1, todo seguía allí, imperturbable, como esperando pasar factura: el reloj, el túnel de cuadrillas, el burladero de matadores, el camino hacia la Puerta Grande.


Ante las cuarenta mesas diseminadas por el ruedo, permanecían sentados algunos hombres con los pies en la tierra. Toreros secos, indispensables, con las zapatillas atornilladas en la realidad; toreros que no olvidan quiénes son. Anoche, iluminados por los cañones de luz azul, se presentaron los carteles que decidirán su futuro. Anoche se repartieron las cartas de la baraja. Ahora la suerte está en sus manos, en sus muletas y en sus espadas.


Porque, al final, como escribió el poeta, "vendrá la muerte y tendrá tus ojos. Esta muerte que nos acompaña de la mañana a la noche, insomne, sorda, como un viejo remordimiento o un vicio absurdo". Y eso es algo irremediable, intrínseco a esta vieja Fiesta. Las Ventas es un templo que, a las siete de la tarde, no entiende de frivolidades. 

sábado, 4 de marzo de 2017

La certeza de Pablo Aguado en Olivenza


No había sucedido gran cosa desde que empezó la temporada taurina a finales de enero en Ajalvir; si acaso, una buena novillada de Gómez de Morales en Valdemorillo y la Puerta Grande de David Mora en Vistalegre. La incertidumbre es un elemento fundamental en cualquier tarde de toros. Hablo de la sensación de acudir a la plaza sin ninguna certeza, sin saber lo que va a ocurrir. Esa inquietud, esa falta de conocimientos seguros, ha ido disminuyendo paulatinamente a causa de la previsibilidad del comportamiento del toro -cada vez se cría un animal más perfecto y pronosticable- y a la uniformidad de las faenas. Venturosamente, la incertidumbre reapareció en Olivenza.

En primer lugar, por el asunto meteorológico: después de una mañana de viernes metida en agua y viento, nadie podía asegurar a ciencia cierta si la novillada de la tarde se celebraría. Al final, tras el ritual de los hombres de plata estudiando el cielo mientras ayudaban a liar los capotes de paseo, el paseíllo arrancó con treinta minutos de retraso; pero arrancó, con los novilleros y sus cuadrillas desfilando sobre la arena encharcada al compás de "Manolete". 

El segundo factor de incertidumbre era el propio cartel de la tarde: un novillero siempre está por descubrir, y más a comienzos de temporada, al cabo de la preparación del invierno. Olivenza ha tenido el acierto de programar dos novilladas en su ciclo, ejemplo que deberían seguir muchas otras plazas que, por el contrario, han optado por tacañear oportunidades a los que empiezan.

Y de tanta incertidumbre, surgieron dos sorpresas: la faena de Pablo Aguado al cuarto novillo de El Parralejo y la de Toñete al tercero. La del sevillano marcó la diferencia por su clase y buen gusto. Los naturales con el compás cerrado tenían torería; precioso un cambio de mano, rotundo con los pases de pecho y grácil con las chicuelinas para dejar al novillo en suerte. Aguado posee un concepto clásico de la tauromaquia que no pasa de moda. Ahí puede haber un torero, y antes, una temporada más que apetecible hasta que tome una alternativa que ya va reclamando en la plaza. Un pinchazo y una estocada dejaron el premio final en una oreja de las que se recuerdan.

En unos años, no muchos, las actuales figuras del escalafón se irán retirando: Ponce, Morante, Juli y compañía no son eternos. Y de la cómoda certidumbre de las faenas que llevan repitiéndose temporada tras temporada, vamos a caer en el desasosiego de un escalafón desierto. Por eso, hay que darles sitio, tiempo y oportunidad a los nuevos toreros, hay que verlos, hay que seguirlos. Como aquí, en Olivenza, donde se basculó de la lluvia a mares al sol de final de la tarde. De la duda a la certeza de querer volver a ver torear a Pablo Aguado con un novillo más serio. Será en Madrid, el 26 de marzo, con Fuente Ymbros.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Dentro del rosal

"Si vais para poetas, cuidad vuestro folklore. 
Porque la verdadera poesía la hace el pueblo" (Juan de Mairena)

En 1933, hace 83 años, Federico García Lorca dio, en Buenos Aires, una conferencia titulada "Juego y teoría del duende", cuyo objetivo principal consistía en explicar la contribución del carácter español en la cultura universal. Este viejo texto lorquiano daba respuesta, sin quererlo, a otra incógnita: el porqué la fiesta de los toros sigue existiendo y fascinando.


"En todos los países la muerte es un fin. Llega y se corren las cortinas. En España, no. En Estaña se levantan. Muchas gentes viven allí entre muros hasta el día en que mueren y los sacan al sol. Un muerto en España está más vivo como muerto que en ningún sitio del mundo: hiere su perfil como el filo de una navaja barbera [...] Hay una barandilla de flores de salitre, donde se asoma un pueblo de contempladores de la muerte, con versículos de Jeremías por el lado más áspero, o con ciprés fragante por el lado más lírico; pero un país donde lo más importante de todo tiene un último valor metálico de muerte.

La casulla y la rueda del carro, y la navaja y las barbas pinchosas de los pastores, y la luna pelada, y la mosca, y las alacenas húmedas, y los derribos, y los santos cubiertos de encaje, y la cal, y la línea hiriente de aleros y miradores tienen en España diminutas hierbas de muerte, alusiones y voces para un espíritu alerta, que nos llenan la memoria con el aire yerto de nuestro propio tránsito".

Y Lorca terminaba su discurso recitando aquellos versos anónimos:

Yo me iba, mi madre,
las rosas coger,
hallara la muerte
dentro del vergel.
Yo me iba, madre, 
las rosas cortar,
hallara la muerte
dentro del rosal.
Dentro del vergel
moriré,
dentro del rosal
matar me han.


En España, casi un siglo después de pronunciarse esta conferencia, algunos hombres continúan dando la vida por morir en el rosal de una plaza de toros. Mientras eso siga sucediendo, las jarchas, los versos anónimos y los poemas de Lorca tendrán sentido; nuestra cultura será rotundamente distinta a la del resto -dolorida pero distinta-, y los toreros caídos en el ruedo estarán aún más vivos. Ellos forman parte de la poesía que hace el pueblo, ésa de la que hablaba Juan de Mairena. No hay que renegar de esta fuerza trágica; al contrario: debe cultivarse y honrarse porque define lo que hemos sido, lo que somos. Hallar la muerte dentro del rosal es nuestro sino.


lunes, 17 de octubre de 2016

Y su sangre ya viene cantando

"Y su sangre ya viene cantando: 
cantando por marismas y praderas, 
resbalando por cuernos ateridos 
vacilando sin alma por la niebla"

(Federico García Lorca)

Foto de Laure Crespy

Se terminó el hilo de la temporada taurina; una temporada que, como una madeja con demasiados nudos, no resultó continua, sino cortada por la mitad, dejando en uno de los cabos, el tremendo desorden de la muerte.

Comenzaron a tejerse las corridas allá por el mes de febrero, con la feliz noticia de una resurrección. David Mora y Jiménez Fortes volvían a vestirse de luces en Vistalegre, retomando una vieja senda: la de los hombres que deben seguir su destino hasta las últimas consecuencias. No satisfecho con este renacer, en San Isidro, hiló Mora otra historia épica, además de unas trincherillas que ni el implacable viento de Las Ventas ha sido capaz de llevarse. Este capítulo, cuyo prólogo fue un emocionante brindis al doctor García Padrós, también contó con la aparición de un excelente Alcurrucén, de nombre "Malagueño"; pero no fue el único toro de bandera al principio de este embrollo que llamamos temporada: inolvidables "Cobradiezmos" de Victorino Martín, indultado por Manuel Escribano en La Maestranza, o el fiero "Camarín", de Baltasar Iban, al que Alberto Aguilar trasteó un inicio de faena de torero que se viste por los pies. Y de las mieles, al abismo necesario, con aquella corrida de Saltillo que llevaba la muerte en la imaginación, a la que tres matadores valientes, junto a sus cuadrillas, le hicieron frente en las postrimerías de mayo. 

Foto de Juan Pelegrín

De la primavera al verano, y cuando Pamplona ardía en mitad del jolgorio de San Fermín, apareció, sin avisar, como de costumbre, la muerte. La tarde del 9 de julio, un pitón atravesó el pecho de Víctor Barrio, trastocándolo todo. La parca se llevó por delante las resurrecciones de invierno y los triunfos primaverales, el brillo y la alegría cosidos a esta vieja fiesta. Un ataud portado por toreros descendió las calles empedradas de Sepúlveda, los crespones negros comenzaron a brotar en las chaquetillas, y nada volvió a ser como antes. El 10 de julio, horas después del fallecimiento de Víctor Barrio, a la hora del paseíllo, en Pamplona sonó un desasogante silencio poco antes de que, sin tregua, una inmensa corrida de Pedraza de Yeltes saliera de los chiqueros de La Misericordia. Se lloró entonces en el ruedo y en los tendidos, no sólo por el héroe muerto, sino por todos sus compañeros que tenían que continuar la temporada con la muerte a cuestas. El traje de luces jamás pesó tanto. 

Foto de André Viard

El sol no volvió a brillar hasta el descorche de agosto, en Azpeitia, donde, a orillas del Urola, Curro Díaz trenzó una faena de oro a un toro de Pedraza llamado "Sombreto". Porque el de Linares, testigo silente de la cornada de Víctor Barrio, está tocado por la varita, y ni la muerte ha podido apagar su toreo este año. Él y Talavante han dispendiado personalidad, gusto y clase, con toro y sin él. Y aunque Manzanares se llevó merecidamente la Puerta Grande en Madrid por una bellísima faena, la genialidad, por el momento, está reservada para Curro y Alejandro, un mano a mano que revolucionaría cualquier plaza el próximo año.

Soberbia también la temporada de Juan Bautista, amo absoluto de los anfiteatros romanos de Arles y Nîmes, donde estuvo majestuoso; apabullante Roca Rey, que ha pagado muy caro su valor, pero a quien su determinación lo hará figura; y algún nombre más, que se pierde en la maraña de tantas tardes de toros.


En estos días de mediados de octumbre, ha ido terminando la temporada, apagándose lentamente, desatando sus últimos nudos, en Zaragoza, en Jaén, en Madrid. Igual que cada año, los toreros y las cuadrillas -los afortunados- festejan el seguir vivos. Se suceden las celebraciones, las cenas, los brindis, los bailes; un epílogo feliz y amargo, a veces excesivo, a veces socavado por un silencio. Porque, aunque ya nadie desea volver a ver la sangre derramada en la arena, ésta surge, como un relámpago, en mitad de la despedida. Ciertas tardes de verano seguirán quemando varios inviernos.

domingo, 11 de septiembre de 2016

De la locura y la personalidad de Esplá a la majestuosidad de Bautista. Apunte a color


¿Y si a la maja desnuda la hubiera raptado el mítico toro blanco que, sediento tras su travesía por Creta y buena parte de Europa, se hubiera detenido a orillas del Vaccarès, en el mismo corazón de La Camarga? ¿Y si la maja, acalorada por tanto trote, hubiera decidido darse un baño en el estanque de los dioses y comprar en Arles un abanico del color de un cielo de Van Gogh? ¿Y si la mujer plasmada por Goya, en un arrebato de enamoramiento, hubiera decidido tatuarse en el vientre la cruz del marqués de Baroncelli? Todo el universo simbólico y mitológico de Luis Francisco Esplá cupo en el lienzo ovalado del anfiteatro de Arles, mas poco duró la fantasía, apenas unas horas, antes de esfumarse con las huellas del paseíllo. Sonaba ya el violín de Paco Montalvo que interpretaba la música de Carmen y el primer toro asomaba por los chiqueros.


Un toro, el de la reaparición de Esplá, que con un certero golpe de realidad, con su violencia y pobre recorrido en el capote, hizo recordar que la tauromaquia es el único arte que juega con la muerte. Emocionante el regreso por un día del maestro después de siete temporadas de ausencia. Esplá demostró que, rozando la sesentena, el temperamento no se pierde y la personalidad aumenta. Ante el cuarto toro, se libró milagrosamente de la cornada y es que, como bien apuntó en el brindis a sus mujeres, “esto ya se acaba”, pero la torería, jamás. La locura goyesca de Esplá acabó felizmente, como él merece, con la frente ensangrentada, la conciencia tranquila y la paz del hombre que ha cumplido. No sólo decoró el anfiteatro Arles: también cortó una oreja de cada uno de sus toros.


Otro hombre que cumplió, como mecenas, empresario y torero, fue Juan Bautista quien, en su cuna, lució un terno goyesco teñido en las aguas grises del Vaccarès. Majestuoso el arlesiano en sus dos faenas. Inteligente a la hora de ver a sus toros, de plantear la lidia que cada uno requería; clásico, templado y elegante en la ejecución; superdotado en el momento de entrar a matar recibiendo. A ratos desmayado, siempre firme. Natural. Impecable. Bautista lo tiene todo para ser profeta, y no sólo en su tierra, en su marisma. Vuelve fácil lo sumamente difícil. Su toreo, cuando fluye así, como una pintura, parece la alucinación de un artista genial, como el viento irrefrenable en un óleo de Van Gogh. Cortó cuatro orejas y un rabo.


Morante de la Puebla es el sol y la sombra en un mismo ser; quien lo quiera, que lo compre. Decidió no torear a su primero, al que mató penosamente, mientras que, con el quinto, dejó ramalazos de su locura, de su originalidad, de su transparencia. Una oreja y el detalle de sacar a hombros a un compañero reaparecido, a Esplá.


La corrida de Zalduendo, bien presentada, rozó el aprobado. Sin resultar extraordinaria, mansa en el caballo, desarrolló, en general, movilidad y varios toros humillaron con clase. El tercero fue premiado con la vuelta al ruedo. Habría sido una corrida vulgar en manos de otros toreros. Pero, cuando hay personalidad, bien escaso, incluso una corrida mediocre se vuelve brillante.

Fotos de Isabelle Dupin

Cuando arrastraron al sexto toro, sobre el ruedo se desdibujaba la silueta de una cruz, de un corazón y de un ancla. Fe, caridad y esperanza. Porque, incluso las mayores obras, las más bellas, son tan emocionantes como efímeras, igual que las fantasías artísticas del maestro Esplá. Que si el sueño de la razón produce monstruos, el sueño de la locura produce toreros majestuosos.

martes, 6 de septiembre de 2016

El silencio


Hay "silencios" que no se olvidan. Éste fue interpretado por las peñas en Pamplona el pasado 10 de julio, tras el paseíllo en recuerdo a Víctor Barrio. Una ofrenda tan espontánea, tan humilde, tan desnuda, tan desgarradora. La plaza brillaba blanca, con los aficionados en pie, los matadores y las cuadrillas inmóviles, los crespones negros cosidos a las chaquetillas, la muerte caliente sobre todos nosotros, y aquella trompeta que rompió el minuto de silencio y se nos clavó en la memoria para siempre.


La temporada sigue su curso como cada verano. Las corridas en homenaje a Víctor Barrio se suceden. Tras el luto, vuelven, como siempre, los excesos.

martes, 2 de agosto de 2016

Hilo de seda

Con hilo de seda, Curro Díaz bordó el toreo en una faena de las que quedan grabadas en la memoria bajo luz de oro; la luz de las tardes de Azpeitia cuando el sol despunta sobre el valle del Urola. Muñecas de goma para ligar, sin transición, el natural con el de pecho; la muleta hasta la hombrera contraria, en un movimiento eterno, excelso, pura clase de toreo macizo.

Los adornos y remates fueron bordados con las yemas de los dedos, las trincherillas y trincheras, un cambio de mano,  tan de Curro, tan sutiles, tan naturales, tan llenos. El desmayo en el corazón de Guipúzcoa, en una de las cumbres toristas.

Un toro de Pedraza de Yeltes, llamado "Sombreto", colorado, alto, huesudo y algo silleto, en el tipo de Aldeanueva, fue el que se encontró con la aguja fina de Curro. Toro también de clase, que embestía humillado ante la muleta poderosa del de Linares. Toro y torero habrían merecido coronar aquel recital con una estocada impecable, como las que suele propinar Curro Díaz, pero el fallo con los aceros desembocó en rendida vuelta al ruedo para el matador y ovación en el arrastre para Sombreto.

Curro Díaz necesitaba que creyeran en él y Joxin Iriarte, presidente de la Comisión Taurina de Azpeitia, lo hizo este invierno. Después vino la Puerta Grande de Madrid, la vuelta a las ferias y a la memoria del aficionado, que seguía esperándole. En agradecimiento, el de Linares vino a Guipúzcoa con una faena de hilo de seda. Imborrable.

domingo, 31 de julio de 2016

Brotó todo el agua, y el toreo

La tierra estaba seca.
No había ríos ni fuentes.
Y brotó de tus ojos
el agua, todo el agua.


Sucedió en Azpeitia donde, a las siete de la tarde, las nubes que se agarraban a la montaña de Izoarriz decidieron bajar hasta el valle del Urola, y allí, violentamente, abrieron sus ojos, y cayó el agua, todo el agua, sobre la placita centenaria, sobre los tejadillos, sobre los burladeros rojos, sobre los toros guapos de Ana Romero, sobre la tela de los capotes, sobre los trajes de luces. Hasta las monjitas de las Siervas de María cerraron las ventanas de la última planta del convento, desde donde habían visto la lidia del primer toro.

En Azpeitia, todo era agua y barro, y a pesar de ello, los tres matadores (Juan Bautista, Daniel Luque y Borja Jiménez) decidieron tirar para adelante y no suspender la corrida. Una magnífica corrida, por cierto, de Ana Romero: toros en tipo, que derrochaban nobleza, arrancándose al toque, y muriendo con la boca cerrada. Seis buenos toros que, en otras circunstancias (climatológicas) y rematados por arriba (las espadas también resbalaron como la lluvia) habrían permitido que la terna saliera a hombros.

La mejor faena llevó la firma de Bautista al cuarto santacoloma, de nombre "Malva". Bautista y el diluvio, otra vez, la eterna pareja. La suavidad en los toques, el temple, la muleta empapada arrastrada sobre los charcos, la elegancia y el clasicismo. En Azpeitia, el sábado por la tarde, a la hora del diluvio, no sólo brotó todo el agua. También el toreo.