lunes, 22 de octubre de 2012

Lo anti-erótico

La otra noche, el periodista Paco Robles, tras hablar sobre menudencias cofrades, preguntaba a sus tertulianos en TeleSevilla qué era lo anti-erótico. Unos contestaron: "aquello que no es pornografía"; otros, "calcetines tobilleros que hacen marca"; y los más rancios, "una camiseta de tirantes blanca caladita". Se les pasó por alto una prenda muy de moda a la que los modenos llaman "short". ¿Qué es un "short"? La mejor definición se la escuché a un amigo que la describió como ropa interior femenina elaborada con tela vaquera.


Lo más "in" de los "shorts", consiste en que de frente asome
el forro del bolsillo y de espaldas, una generosa porción de carne.

Probablemente, lo más anti-erótico del mundo -más, incluso, que la camiseta de tirantes caladita- sea la vulgaridad, es decir, enseñar soezmente en vez de insinuar con elegancia. Pero en estos tiempos del reinado de la televisión y el constante bombardeo publicitario, todo se enseña, todo tiene que verse hasta el último detalle porque ya nada se imagina. Así es la dictadura de la imagen.


«Cuando me ve mi novio
con esa blusilla
de encaje bordá,
yo no sé lo que se figura
que me dice que me quiere más».

¿Qué maravillas imaginaría el muchacho de la copla "Corona de perlas" cuando contemplaba a su novia estrenando una sugerente blusa de encaje -sin necesidad de llevarla desabrochada hasta el ombligo- con olor a azucenas, carne y placer?


Pepe Pinto, que era un visionario, se olió la modernidad de los "shorts" y le leyó la cartilla a su María Manuela cuando aún estaba a tiempo.


«María Manuela, ¿me escuchas?
Yo de vestíos no entiendo,
pero... ¿te gusta de veras
ese que te estás poniendo?
Tan fino, tan transparente,
tan escaso y tan ceñío,
que a lo mejor por la calle
te vas a morir de frío.

Te sienta que eres un cromo,
pero cámbiate de ropa,
si es un instante, lo justo
mientras me tomo esta copa.
Ponte el de cuello cerrao
que te está de maravilla
y que te llega dos cuartas
por bajo de la rodilla.

[…] Se acabó enseñar las piernas,
y los brazos, y el escote,
y el rostro no te lo pintes
ni aunque te salga bigote;
que te hizo Dios tan hermosa
como una rosa temprana
y se va a enfadar contigo
por enmendarle la plana.

[…] No quiero que me pregunten
"Esa gachona, ¿quién es?,
¿una secretaria de esas
que beben champán francés?"
Ni tú eres mujer moderna
ni quiero que lo aparentes
que yo te prefiero antigua
y oliendo a mujer decente.

Que con el triguito limpio
toito er mundo te compare,
que por defuera y por dentro
te parezcas a mi mare.
¿Te cambiaste ya el vestío?
Pues andando p'al teatro,
ya verás tú con qué envidia
nos contemplan más de cuatro:
"¡Vaya un marío con suerte
y una mujer bien plantá,
es una vara de nardos
con la carita lavá!"».

Al final de la noche, los rancios de Paco Robles llegaron a la conclusión que no había nada más erótico que un polo napolitano de sabor fresa-nata o vainilla-chocolate envuelto en un papel de plástico transparente.

domingo, 21 de octubre de 2012

Así comen los hombres (o los sádicos, según Bruselas)

No cabe un tonto más. Un grupúsculo de ocho eurodiputados exige que la Unión Europea vete la producción y venta de foie gras porque considera que los patos y ocas son sometidos a “prácticas bárbaras” (sic). Estos euromentecatos, con un italiano a la cabeza, denuncian que no se informe al pobre e inocente consumidor sobre los métodos aplicados en las granjas de aves. “Se trata de una práctica inmunda y bárbara, una auténtica tortura de millones de ocas y patos que viven indescriptibles sufrimientos cotidianos para permitir el consumo del renombrado foie gras. La cuestión es que la mayoría de las personas que adquieren este producto lo hace de buena fe, ignorando el proceso que hay detrás”. Este iluminado italiano, que responde al nombre de Zanoni y que cobra una pastizara por decir esta sarta de imbecilidades, insta, además, a “abrir los ojos” a los consumidores europeos y reclama que desde el Parlamento se apoye una recogida de firmas para prohibir el foie gras.


Gracias a él y a su cruzada por velar sobre nuestra moral, los europeos nos acordaremos del Patito Feo, Donald y su novia Daysi cada vez que vayamos al mercado; pensaremos en sus dulces hígados y le gritaremos al tendero: “vade retro, salvaje”. Éste es el nivel ético e intelectual de “nuestros” políticos en Bruselas, quienes, por cierto, durante años, han exterminado la mitad de nuestra cabaña brava con controles sanitarios más que cuestionables y gravosos, gracias al conchaveo, por supuesto, con las administraciones locales, que también tienen tela que cortar.


Supongo que el señor Zanoni ordenaría prohibir este capítulo de Eugenio Noel publicado en su libro “España nervio a nervio” y que describe una gazpachada en una almazara murciana. Al texto le falta ese aire de modernidad, progresismo y uniformidad que dictan desde el Parlamento europeo.


“Estamos en Yecla […] Nos quieren dar de comer los amigos, pero nos avisan prudentemente: ¿Está bien vuestro estómago? ¿Somos hombres de veras? Y muy serios nos afirman que no todos son capaces de resistir la comida que nos ofrecen, y que se necesita una constitución de hierro para digerirla. Insisten en ello muchas veces, no sea que luego hagamos ascos, cosa que les disgustaría bastante. Se trata de una comida para hombres, y quieren cerciorarse de que no hay grietas, ni escrúpulos, ni remilgos en nuestra alma. Sin haber leído a Paulow, saben que el trabajo de las glándulas digestivas es realizado por el espíritu y que es el sistema nervioso el que regula las secreciones de jugos. Su alegre grito: ¡es una comida para hombres!, les excita, y en sus ojos, ojos de una vieja raza extinguida, brillan deseos y ansias. Sólo los que son hombres de veras comen como ellos. Los señoritos, los enfermos, los vagos, se asustan. Y, regocijados, cuentan historias de hombres enclenques a los que la vista de sus condumios les quitó el apetito y les produjo nauseas, dándoles pobre idea de los varones de la ciudad.


[…] El vaso no para nunca; debe ser así. Y bebiendo hablan de comidas campesinas que pudieran parecerse a su gazpacho; de las gachas manchegas hechas de harina de titos o guijas o almortas, con hígado de cerdo machacado y ajo y guindillas de Herencia o del Tomelloso; de las patatas cocidas en la pez entre cebollas en vinagre, ajo y mondarajas de naranja; del ajo arriero; de la hierba de cuajo traída de Sierra Morena; del gazpacho galiano; del salao de los serranos que invernan en Alcudia; del ajo blanco de los segadores... No, ningún guisote de ésos se parece al suyo. Ninguno es tan substancioso ni tan machuno […] Nada de cuchillos, ni tenedores, ni cucharas; gozosos muestran los dedos; ni siquiera hay platos. El plato de todos será el de la torta, y al mismo tiempo que la comida se irán comiendo el plato. ¿No es admirable ya un manjar del que se come hasta el plato en que se sirve?


En la sartén han caído, partidos en gruesos trozos, pollos y conejos; sobre las tortas migadas, la pringue y las acelgas o espinacas […] ¿Gusta? Las aclamaciones son unánimes. Así se come entre hombres, entre españoles de raza; los viejos íberos comían así, todo en un plato, con los dedos, rasgando la torta y doblándola, después de haber recogido con ella y metido en ella una buena tajada, bien empapados los dedos de pringue […] A esa luz de los candiles arcaicos, las caras de estos recios y francos hombres laboriosos son bellas estrofas de poemas antiguos. Son rostros íberos, líneas de raza, expresiones de una alegría y nobleza reveladoras”.

sábado, 20 de octubre de 2012

Versiones y perversiones tormentosas


La tormenta de Benedetti

"Un perro ladra en la tormenta
y su aullido me alcanza entre relámpagos
y al son de los postigos en la lluvia

yo sé lo que convoca noche adentro
esa clamante voz en la casona
tal vez deshabitada

dice sumariamente el desconcierto
la soledad sin vueltas
un miedo irracional que no se aviene
a enmudecer en paz

y tanto lo comprendo
a oscuras / sin mi sombra
incrustado en mi pánico
pobre anfitrión sin huéspedes

que me pongo a ladrar en la tormenta".


La tormenta de Krahe

"Yo tuve un gran amor
durante un chaparrón
y sentí aquella vez
tan profunda pasión
que ahora el buen tiempo me da asco.
Cuando el cielo está azul
no lo puedo ni ver.
¡Qué se nuble ya el sol!
¡Qué se ponga a llover!
¡Qué caiga pronto otro chubasco!"



"Parlez-moi de la pluie et non pas du beau temps,
Le beau temps me dégoûte et me fait grincer les dents,
Le bel azur me met en rage,
Car le plus grand amour qui me fut donné sur terre
Je le dois au mauvais temps, je le dois à Jupiter,
Il me tomba d'un ciel d'orage".

Jeremy Mann


Y, finalmente, la calma después de la tormenta (Álvaro Mutis)

"Por los árboles quemados después de la tormenta.
Por las lodosas aguas del delta.
Por lo que hay de persistente en cada día.
Por el alba de las oraciones.
Por lo que tienen ciertas hojas
en sus venas color de agua
profunda y en sombra.
Por el recuerdo de esa breve felicidad
ya olvidada
y que fuera alimento de tantos años sin nombre.
Por tu voz de ronca madreperla.
Por tus noches por las que pasa la vida
en un galope de sangre y sueño.
Por lo que eres ahora para mí.
Por lo que serás en el desorden de la muerte.
Por eso te guardo a mi lado
como la sombra de una ilusoria esperanza".

jueves, 18 de octubre de 2012

Perderse entre matrimonios tóxicos y sortijas doradas



En mi errático divagar por la red, encuentro, en una web mexicana, el siguiente reportaje sobre la cantante Francisca Viveros, conocida como Paquita, la del barrio: «La historia de Paquita la del barrio está enmarcada por el desprecio hacia los hombres que nació desde su adolescencia, cuando cayó presa de Miguel Gerardo, un seductor de 44 años que la enamoró y formó una familia con ella. Tiempo después, descubrió que su enamorado era un hombre casado. Fue así como Paquita tuvo su primer desencuentro con el destino».


«Rata inmunda,
animal rastrero,
escoria de la vida,
adefesio mal hecho.

Infrahumano,
espectro del infierno,
maldita sabandija ,
cuánto daño me has hecho.

Alimaña,
culebra ponsoñosa,
desecho de la vida,
te odio y te desprecio.

Rata de dos patas,
te estoy hablando a ti;
porque un bicho rastrero,
aún siendo el mas maldito,
comparado contigo
se queda muy chiquito.

Maldita sanguijuela,
maldita cucaracha,
que infectas donde picas,
que hieres y que matas».

Al leer la historia de Paquita y su éxito "Rata de dos patas" dedicado a un hombre casado del que se enamoró locamente, vienen a mi cabeza los acordes de "Callejuela sin salida" (1942), otra de las alhajas a ritmo de zambra de Rafael de León y Manuel Quiroga, que terminó en el joyero de Juanita Reina.


«Había un anillo en tu mano
cuando yo te conocí,
por eso cerré los ojos
al escucharte decir:
“Serrana,
yo te lo juro por la gloria de mi mare,
si tú me quieres de veras,
no hay nadie quien nos separe”.

Y cuando tu mano, como una cadena,
fundida en la mía,
pa´siempre quedó,
sentí que tu anillo
temblaba de pena,
pero pa´ser güena no tuve valor…
Callejuela sin salida,
Donde yo vivo encerrá,
Con mi pena, mi alegría,
Mi mentira y mi verdá.
Me he perdido en la revuelta
De una sortija dorá.
Ni estoy viva, ni estoy muerta
Ni sortera, ni casá.
Y en mi calle sin salía,
Ya no puedo caminá,
Ni de noche, ni de día,
Ni p'alante, ni p'atrá
».

Para no perderse en las revueltas de una sortija dorá, lo mejor es seguir el ejemplo de una neozelandesa que, después de encallar su matrimonio en otra callejuela sin salida -ella lo describe como un "toxic marriage"-, envió su alianza de bodas al espacio dentro de un cohete adornado con un corazón roto.

«Mira cómo se me pone
la piel ca vez que me acuerdo
que soy un hombre casao
y sin embargo te quiero.

Entre tu casa y mi casa
hay un muro de silencio,
de ortigas y de chumberas,
de cal, de arena, de viento,
de madreselvas oscuras
y de vidrios en acecho.
Un muro para que nunca
lo pueda saltar el pueblo
que guarda nuestro secreto.
¡Y yo sé bien que me quieres!
¡Y tú sabes bien que te quiero!
Y lo sabemos los dos
y nadie puede saberlo».
(Rafael de León)

En los años sesenta, el "Romance de la otra" de la Piquer (con letra también de Rafael de León) causó un profundo escándalo. En 1979, Manuel Alejandro le compuso a Rocío Jurado la canción "Señora", que podría considerarse una "evolución" social del elegantísimo "Romance de la otra" (endegenerando, por supuesto).

«Yo soy la otra, la otra
y a nada tengo derecho,
porque no llevo un anillo,
con una fecha por dentro.

No tengo ley que me abone,
ni puerta donde llamar,
y me alimento a escondías
con tus besos y tu pan.

Con tal que vivas tranquilo,
qué importa que yo me muera,
te quiero siendo la otra
como la que más te quiera».

«Cuando supe que existía usted, señora.
Ya mi mundo era sólo él, señora.
Ya llevaba dentro de mi ser, su aroma.

Él me dijo que era libre,
como el mismo aire que era libre,
como las palomas que era libre… y yo lo creí».


Todos estos líos matrimoniales se arreglarían con la triple alianza (y no me refiero a la coalición del Imperio Alemán, el Austrohúngaro e Italia), sino a esos anillos que se diseñan ahora que son 3 en 1. Así podría repartirse una sortija para la señora y otra para la querida. Y todas contentas gracias a una buena compra.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Sevilla me mata: las ruinas de La Monumental


Había pasado más de un año desde la última vez que estuve en La Maestranza. La encontré tan cálida, luminosa y mullida como siempre. Porque el albero de Sevilla es blando y esponjoso... ¡ni color con el de Las Ventas, donde resuenan las pisadas con un eco desangelado! La Maestranza resulta amigable incluso estando medio vacía, como ocurrió el pasado 12 de octubre. Tan sólo eché en falta el piar de los vencejos, custodios del cielo del Arenal, que ya habrán emigrado hacia tierras más cálidas. Aunque, bien mirado, ¿qué clima es más abrasador que el sevillano?

“¿En qué otra plaza del mundo hay estos vencejos envidiosos, que cuando ven torear según Sevilla también quieren ser figuras, bajan a la plaza y hasta le dicen su «¡eje!» al toro? Y en el espejo cóncavo del azul cielo, los ojos de los toros, grandes como marismas, miran a los vencejos, los oyen como chirriantes goznes de gozo que abren las puertas de la gloria y también los quieren imitar templando embestidas. No, en Sevilla, los buenos toros no hacen el avión. En Sevilla hacen el vencejo” (Antonio Burgos).
La corrida fue mejor de lo esperado. Reconozco que iba a la plaza sólo por reencontrarme con La Maestranza, pero para mi fortuna salieron unos Núñez de José Luis Pereda-La Dehesilla nada desdeñables, sobre todo el tercero, de nombre "Triguerito". A Antonio Nazaré -que tampoco anduvo mal considerando su escaso rodaje como matador- le tocó un lote de Puerta del Príncipe. Se marchó con una oreja, la simpatía del público e, incluso, el cante a capela de un vehemente aficionado que casi se tira de cabeza al patio de cuadrillas. Tras el festejo, vino la obligada parada y fonda en el Bar Taquilla, en la calle Adriano. De sus paredes cuelga una foto de la desaparecida Monumental que construyó Joselito El Gallo en la periferia del barrio de San Bernardo ("una plaza de toros para el pueblo infeliz", como él mismo la describió). Llegó a tener 10.000 localidades más que La Maestranza (23.000 espectadores cabían en sus tendidos) y los precios eran, consecuentemente, mucho más baratos. Sin embargo, apenas funcionó tres temporadas: en 1920, La Monumental dio toros por última vez. Diez años después, comenzaron a demolerla sin que Joselito, muerto en Talavera, pudiera hacer nada por impedirlo. Como en un poema de Rafael de León, la mejor plaza de toros que tuvo Sevilla se fue muriendo entre ruinas y olvido.
"En Sevilla se muere
con una muerte blanda y deseada,
y el dardo que te hiere
no es cuchillo ni espada,
que es de flor y de sol la puñalada".
 
 
 
 
En el ABC del 1 de mayo de 1984, se lee el siguiente artículo de Fernando López Vilches, un aficionado que presenció la época de esplendor de La Monumental: "Fuertes presiones, procedentes de muy altas esferas, fueron en realidad la falta de solidez de este magnífico coso que tenía una cabida muy superior a la Maestranza, y donde se podían ver novilladas de postín por 1,25 pesetas en grada de sombra, y por 0,35 pesetas en andanada de sol. Éste fue el auténtico motivo para declarar en ruina esta plaza".

De ella sólo se conserva, a duras penas, la puerta de cuadrillas que da a la avenida de Eduardo Dato, frente a Huerta del Rey. La citada entrada se encuentra sin encalar y transmite una sensación desoladora. Hasta hace un mes, la gente pasaba delante sin saber que tenían ante sí el último vestigio de La Monumental. A finales de septiembre, los gallistas, para celebrar el centenario de la alternativa de su ídolo y gracias a la iniciativa de Ignacio de Cossío y Domingo Delgado de la Cámara, colocaron un pequeño azulejo sobre las ruinas. Sevilla tiene vencejos, pero no solución.
En las traseras de la mencionada puerta de cuadrillas,
se encuentra el bar "La Monumental", un sitio muy recomendable
para tomar un salmorejo o una ración de croquetas.

martes, 16 de octubre de 2012

El inventario del aficionado (temporada 2012)


La temporada taurina echa la persiana. Despedida y cierre. Desde la feria del Pilar hasta Fallas, el calendario correrá considerablemente más despacio. Dicen que pronto la Comunidad de Madrid colocará una tapadera sobre Las Ventas para que Taurodelta pueda programar novilladas sin picadores las mañanas de los domingos (después del I Festival Internacional de Circo, por supuesto). El invento de la olla en la calle Alcalá está por ver. Lo único seguro es la temporada que ya se marcha, con las expectativas que se cumplieron y las promesas que se quedaron por el camino. Algunos toreros ya cambian el traje de luces por el campero mientras que otros preparan la maleta para hacer las Américas (unas ferias, las transatlánticas, que, por cierto, cada vez interesan menos).


Mientras, los aficionados comenzamos a escribir el inventario: ese rosario de nombres que jalonaron -y salvaron- una temporada que no ha sido especialmente lúcida ni lucida. ¿De quién se hablará durante las tertulias invernales? Sin duda, de Javier Castaño, por revalorizar los tres tercios de la lidia y echarse al coleto las ganaderías más duras; de Fernando Robleño, por su lucha sin cuartel, por no dar su brazo a torcer y por aquella encerrona épica en Céret; de Iván Fandiño, por su valor incorruptible, por esa forma de matar o morir y por seguir lidiando todos los encastes; de Sergio Aguilar, por su pureza y toreo clásico, casi perfecto; de Eduardo Gallo, por volver a ser algo más que una promesa; de Uceda Leal, porque la tarde en que le salga un toro, esta vez sí, va a crujir Madrid; de Alberto Aguilar, porque merece mucho mejor trato del recibido; de Diego Urdiales, porque quizás las empresas lo olviden, pero los aficionados no, y menos los de Bilbao; de Jiménez Fortes, porque éste sí que puede funcionar; de Antonio Nazaré, por ilusionar sin ser el clásico torero consentido de Sevilla; de Joselito Adame, por ser el mejor matador mexicano del escalafón actual; de Fernando Cruz, por aquella intempestiva cornada y porque en Las Ventas lo esperan; del Fundi, por su despedida, pero sobre todo por su hombría; y, finalmente, de Padilla, por su vitalidad contagiosa y por hacer cosas que no están al alcance de los demás mortales.


Entre los hombres de plata, también relucirán los nombres, entre otros, de David Adalid, Luis Carlos Aranda y Tito Sandoval. ¿Y entre las ganaderías? Victorino, José Escolar, Cuadri, Adolfo, Baltasar Iban, Miura, Valdefresno, El Pilar, Alcurrucén, Adelaida Rodríguez, Cebada Gago, Valdellán, Mauricio Soler, Torrestrella... Todos ellos mantuvieron el barco a flote.


Los aficionados les damos las gracias no por hacernos disfrutar, ni por estar a gusto -como repiten machaconamente las figuras y sus réplicas novilleriles-, sino por emocionarnos. La emoción es un sentimiento mucho más profundo y duradero que el goce. Una corrida no se parece a un concierto de Shakira, donde el objetivo final consiste en bailar el Waka Waka; porque los toros, a diferencia del espectáculo de la colombiana, no son un mero entretenimiento. Ninguno de los anteriores toreros nos hicieron ondear pañuelos como locos cada tarde, ni los toros de las ganaderías mencionadas fueron indultados provocando el delirio colectivo. Tampoco fue necesario. La grandeza de la Tauromaquia va más allá del triunfo y del recuento de orejas. Y la lucha siempre resulta más edificante si el camino ha sido difícil. Por tanto, a todos ellos, gracias. Tras las penurias del invierno, en los albores de la próxima temporada, los esperamos en la plaza (con tapadera o sin ella).


lunes, 15 de octubre de 2012

Versiones y perversiones: Emilio "El Moro"


Se llamaba Emilio Jiménez Gallego y vino al mundo en la Carretera del Cementerio de Melilla, el Día de los Fieles Difuntos de 1923. Quizás a causa de esta efeméride, desde niño gozó de un sentido del humor envidiable que lo libró del mal fario. Le gustaba ir al colegio con un calcetín a rayas embutido en la cabeza; sin embargo, abandonó pronto la escuela y empezó a ganarse la vida como pintor de brocha gorda. Decía que era analfabeto, «como todo el mundo», ya que la gente muere «ignorando el 99% de las cosas». Lo que verdaderamente le gustaba era cantar y, desde muy joven, entonaba fandangos, soleares y tientos por Radio Melilla que luego le repetía a su hermano pequeño a la hora de dormir. Aprendió a tocar la guitarra por su cuenta, sin recibir una sola clase, y era tan hábil que podía aporrearla y torear de salón al mismo tiempo. Su "solo de guitarra" se hizo muy popular: consistía en dejar el instrumento apoyado en mitad del escenario y salir de él hasta que público comprendía que se trataba de una broma.

Fandango de Cantimpalo

"Mi suegra me la robaron estando de romería...
Entre cuatro la amarraron porque la fiera dormía,
¿dónde estará mi suegra?"

A los 23 años marchó a probar suerte en Madrid. Con las 500 pesetas que le había regalado el Capitán del Regimiento Mixto de Artillería número 32 -unidad con la que había hecho el servicio en Melilla-, se compró una guitarra, una chilaba, unas babuchas y una tableta de chocolate. Una noche de verano, cantó flamenco en una carpa del Retiro, pero no tuvo mucho éxito. Aquello no era Radio Melilla y Emilio lo comprendió rápidamente. Para su segunda actuación, recordó su época de escolar, se lió una funda de almohada a la cabeza, se vistió con una sábana y, con pintura negra, se dibujó una barba. Durante la actuación, en la que cantó flamenco al estilo árabe, involuntariamente, una de las babuchas resbaló de su pie y golpeó en la calva a un señor, un empresario, que posteriormente le contrató. Visto el éxito, al segundo día volvió a tirar una babucha, esta vez a propósito pero, tal y como confesó el artista, «le dio a una señora en un ojo y quiera usted saber la que se armó». Así nació la leyenda del inigualable Emilio "El Moro" que, en cuanto ahorró unas pesetas, se casó con su gran amor, Pilar.

"Ya está el torito completamente afeitao pa´la feria de Antequera...
Soy el peor ganadero de los campos de La Coruña..."
(con fotos del maestro Ponce)

"Yo no maldigo mi suerte porque cartero nací...
Y aunque me duela el juanete, yo tengo que repartir"

A partir de 1950, tuvo varios nombres artísticos: "El Moro de Melilla", simplemente "El Moro" o "El cantor de las siete voces", por su facilidad para variar el tono en una misma canción. Cambió entonces la chilaba y las babuchas por el fez, se especializó en versionar las coplas que en aquellos años causaban furor -convirtió "La niña de fuego" en "La niña de la candela", "Ojos verdes" en "Billetes verdes", "Mi carro" en la sensacional "Mi suegra", "Ganadera salmantina" en "Jamonera pueblerina", "Soy minero" en "Soy cartero", "Vino amargo" en "Vino dulce"- y se hizo famoso. «Cuando sale alguna canción de cierto éxito, ya voy buscando la forma de meterle el diente». Generalmente sus letras eran surrealistas -las cantaba muy serio- y en ellas asomaba el hambre en cada estrofa: muchos jamones de ensueño y jugos gástricos. Ni el mejor chirigotero podría hacerle sombra al genio de Melilla que, por cierto, era muy aficionados a los toros: «Tengo dos grandes aficiones: los toros y la pesca. Y una gran manía: comer con los dedos sentado en el suelo, a la usanza mora». Durante una visita a Lima, con su propia chaquetilla, tuvo que quitarse de encima a un toro que se había escapado del cajón donde lo llevaban encerrado hacia la plaza. La prensa decía sobre él: «Su mayor alegría y satisfacción, ser como es y estar como está hoy. Su mayor contrariedad, cogerse los dedos con un baúl».

"A la lima y al limón, ¿cómo quieres que te quieran?
Si eres una coliflor y además no te peinas..."

"Se piró una tarde con rumbo ignorado, en un mercancías que llegó hasta aquí...
pero entre sus dedos se llevó enredado mi reloj de oro porque no le vi"
 

En una entrevista concedida en 1952, confesaba el bueno de Emilio: «Yo le debo mucho a Madrid. Llegué aquí con una maleta vieja, una pastilla de chocolate y un reloj; ni más ni menos. Me llevo un coche, una chilaba nueva, un contrato así de largo y a Emilio el Moro. Mi ilusión es comprarme un garaje y siete taxis». Sobre su esperpéntica muerte, mejor leer el romance de Antonio Burgos.

ROMANCE DE VALENTÍA DE EMILIO EL MORO


Era mu poco en la vía, tan poco que nada era...
por no tener no tenía ni vergüenza en la cartera.

Era un triste aficionao que buscaba la ocasión
de tragarse de un bocao más de medio salchichón.
Y echándole valentía se fue pa´una vaca blanca
que estaba recién paría en campos de Salamanca.

No embistas vaca bonita, no embistas por cariá...
yo sólo quiero ordeñarte, que nadie lo va a notar.
Aquí no hay plaza ni nombre ni traje tabaco y oro
aquí hay un tío con más hambre que los pavos de Bartolo.
En pisarme no repares, te concedo hasta el perdón...
dame leche por tu pare porque ya no tengo mare
ni quien me dé Pelargón.
Todas las noches saltaba  sin miedo la palanquera
y en el corral no dejaba ni un pollo pa Nochebuena.

Quizá fuera colorao el tomate que cogió
y mordiéndole un costao ni una pipa le dejó.
Pero le salió Matías, que vino con una tranca
y el niño de Andalucía quedó tieso en Salamanca.

Adiós plaza de Sevilla, ya nunca me habrás de ver...
tengo partías seis costillas, la tibia y el peroné.

Adiós capote de hule que fuiste mi compañero,
morir en esta pelea es cosa de buen ratero.
Ya vestío de alamares no ha de verme la afición
y como este tío no pare, por la gloria de mi mare
que se acaba la función.

Torero enamorado, torero acabado

«Porque el toreo también es tan bonito como un amor imposible, ése que a lo mejor ya no vuelve o puede volver mañana mismo».
(Alfonso Navalón)
Jóvenes con mantilla en el palco de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla
(Atín Aya)

«La mujer, engranaje esencial del universo, tiene un lugar especial en el mundo del torero, solicitado como héroe. A veces tiene un aura maldita, como una especie de aniquiladora del valor. Un dicho popular afirma: "Torero enamorado, torero acabado". Pero es refranero, a veces, es de una sabiduría mostrenca refutable. Más bien se refiere a cierto desorden orgiástico que puede marcar la sentimentalidad del torero cuando alcanza el triunfo y se le abren puertas cerradas hasta entonces. Ejemplos hay de amadores incontinentes que, en vez de acabarse con las mujeres, con ellas alcanzaron prez y fama. Hay toreros escépticos ante ese fenómeno de seducción que consideran una leyenda. Roberto Domínguez afirmaba que un torero en pijama pierde mucho. Manili, cuando triunfó en Madrid y accedió a la riqueza, decía que, de seguir así, las mujeres acabarían por encontrarle guapo. Pepe Dominguín, un gran seductor, dejó escrito: "No sé qué significa tener éxito con las mujeres. Éxito es elegir la que te gusta, la que te va y la que te dure mucho. Lo otro, lo que se considera éxito, son muchos pequeños fracasos".

Manili dando la vuelta al ruedo (1988)

La mujer, en el toreo como en cualquier aspecto de la vida, puede ser de plomo o de corcho. Si de plomo, hunde a quien a ella se aficiona, si de corcho, ayuda a flotar incluso en las peores tormentas. Para muchos toreros el sexo la noche antes de la corrida es una maldición y la mujer una especie de mantis devoradora. Para Manuel Benítez, el Cordobés, no había miedo ni mantis. Es fama que momentos antes de vestirse para ir a la plaza su ritual favorito era la fornicación. En cambio, Espartaco, torero de recio corazón, declaraba en una entrevista hace años que "si has estado con una mujer, el toro se da cuenta y te echa mano". En la expresión "te echa mano", Juan Antonio Ruiz, Espartaco, coincide con José Gómez Ortega. José consideraba las relaciones femeninas dulces y hermosas pero peligrosas durante la temporada. A veces empeñaba una medalla mellada por el pitonazo de un toro que "le echó mano". "La noche anterior la había pasado mirándome en los ojos de una mujer". Parece ser que fue Rafael el Guerra el precursor de la abstinencia, incluso conyugal, hasta el extremo de no pernoctar en casa para no caer en la tentación. Julián García Candau, en su libro Celos, amor y muerte, le atribuye la siguiente frase: "Para ser figura del toreo no se puede pensar más que en el toro". Y otra más expresiva: "A los toreros se les va el valor por la picha".

Bella espectadora en la antigua plaza de toros de Cádiz

Mujeres con mantilla en los toros

Belmonte, gran amador, prefería correr el riesgo de una noche tumultuosa, aunque luego no se tuviera en pie en el ruedo por los excesos amatorios y la mala alimentación. Chaves Nogales refiere en la fantástica biografía del trianero cómo el amor maldito a punto estuvo de truncar una carrera que si siquiera había empezado. "Yo era un torerito valiente y me enamoré de una mujer casada, guapa, con mucho temperamento y muy experta en lides amatorias; arriesgaba su bienestar y su crédito por el amor de un torerillo sin nombre y sin dinero y me entusiasmé hasta el punto de que mi vida cambió radicalmente. Los toros dejaron de ser una obsesión para mí". A tal extremo dejaron de interesarle que una tarde no pudo matar un novillo, mejor dicho, un toraco: entró cien veces a matar, fue cogido quince o veinte, sonaron los tres avisos y le echaron los cabestros. Pero se recuperó y siguió engolfado en aquel amor. A fin de cuentas, no debió de ser tan malo, pues Belmonte llegó a ser lo que fue. Hay diferentes tipos de mujer, no obstante, en la vida de los diestros...» (fragmento del último libro de Javier Villán).

Ava Gardner y Luis Miguel Dominguín
en la plaza de toros de Toledo

Un torero me dijo en una ocasión que a las mujeres deberían prohibirnos la entrada de barrera: desconcentramos una barbaridad, me confesó.

«Por culpa de una sonrisa que echaste a unos ojos que había en barrera,
un toro de mi divisa manchó de amapolas tu estampa torera».

¿No desconcentra más tener a Arrabal en el callejón?

La teoría de las mujeres de plomo y la mantis devoradora no es tan descabellada. Algunas señoras tienen peores ideas que un Saltillo resabiado. Y cuando se torea, se está a setas o a Rólex. Viene como anillo al dedo aquel pasodoble, poco conocido, compuesto por el linense Ignacio Román y titulado "Ojalá", que cuenta la historia de una mujer, enamorada de un torero que, tras echarle todas las maldiciones habidas y por haber, se arrepiente porque termina matándolo un toro. El "ahojalá" llegó un poco tarde.


«
Torero de cuerpo entero.
Su sino, cómo me duele.
Lo quiero de compañero
sin verlo por los carteles.

Me dice: “Deja los cantes”.
“Deja los toros”, le digo yo.
Nos vamos con un desplante,
pero el despecho llora en mi voz.

Ojalá te coja el toro
sin gloria y en tierra extraña.
Ojalá que en sangre y oro,
tu historia no llegue a España.

Ay, mi cariño bravío.
Ay, tu locura torera.
¡Qué mano a mano, Dios mío,
pa´verlo desde barrera!

Ojalá tus ojos moros,
con pena me suplicaran.
Ojalá no hubiera toros ni arena
y mis besos te bastaran.

La plaza gritó en la tarde
el aire quedó empañao.
El toro sembró, cobarde,
claveles en su costado.

Corrí hasta la enfermería
y entre mis brazos lo vi morir.
De luto desde aquel día
con mi palabra me revestí.

Ojalá te coja el toro.
Qué historia la de mi duelo.
Ojalá que, en sangre y oro,
la gloria te den los cielos.

Ay, mi cariño bravío.
Ay, qué veneno en mi boca.
¡Ay, qué castigo, Dios mío,
que voy a volverme loca!

Ojalá te coja el toro.
¡Qué historia de mala suerte!
Ojalá con un te adoro pudiera
arrancarte de los brazos de la muerte».
Eduardo Gallo, evidentemente a setas, besa a sus partidarias a su llegada a Las Ventas
(Juan Pelegrín)

sábado, 13 de octubre de 2012

Hopper: alegoría de la soledad

Josephine Nivison dijo sobre su marido, el pintor Edward Hopper: "Hablar con él es como tirar una piedra a un pozo, solo que no suena un golpe cuando llega al fondo". En silencio, fueron un matrimonio feliz durante más de 40 años, hasta que él falleció en 1967. Parecían incompatibles, cuando, en realidad, eran inseparables. Ciertos silencios hacen más y mejor compañía que multitudinarias tertulias.

Duke Ellington interpreta "Solitude" (1934)

"Una pareja descansa en el salón de su casa. Se trata de una escena de tranquilidad doméstica en la cual un hombre y una mujer se dejan absorber por sus propios pensamientos y parecen cómodos en el encierro de su pequeño apartamento. Pero ¿están realmente cómodos? Se trata de uno de esos momentos muertos que son más característicos de nuestras vidas de lo que estamos dispuestos a reconocer. El aislamiento puede florecer en compañía de otro. El hombre y la mujer están atrapados, fijos en un equilibrio triste. Nuestra mirada se dirige a un punto entre los dos, a la puerta, que no se ha cerrado para cada uno, sino para ambos a la vez".


"En los cuadros de Hopper se encuentra el cuestionamiento de nuestro modo de afrontar el tiempo: qué hacemos con él y qué hace él de nosotros. En muchos cuadros de Hopper hay una espera aconteciendo. La gente a la que Hopper pinta parece no tener nada que hacer. Son como personajes que se hubiesen quedado sin un papel que desempeñar, y ahora, atrapados en el espacio de su espera, deben hacerse compañía, sin lugar adonde ir, sin futuro".


"La gente mira al vacío: parecen estar en cualquier parte menos en donde efectivamente se encuentran, perdidos en un misterio que los cuadros no pueden revelarnos y que solo podemos intentar adivinar. Es como si fuésemos testigos de un acontecimiento que somos incapaces de nombrar. Sentimos la presencia de lo que permanece oculto [...] Hopper ejerce su poder sobre nosotros con extraordinario tacto: dándole forma a la privacidad, otorgándole un espacio donde pueda ser atestiguada sin ser violada. Las habiaciones de Hopper son tristes refugios del deseo".


"Cine de Nueva York. En uno de los lados del cuadro vemos a una acomodadora sumergida en sus pensamientos. En el otro, a unos cuantos espectadores viendo una película. La elección de la acomodadora, la privacidad en lugar de la pantalla iluminada, su introversión, se gana nuestra simpatía... ¿No es cierto que sólo somos capaces de mirar realmente cuando apartamos la mirada de lo que está frente a nosotros y la dirigimos a nuestro interior? Es en la intimidad de nuestros pensamientos donde retenemos las imágenes, y donde éstas, eventualmente, pasan a formar parte de nuestro conocimiento del mundo".

(Textos: Mark Strand)

miércoles, 10 de octubre de 2012

Blancanieves sigue los pasos de Manzanares


La otra tarde, fui al cine a ver la versión en blanco y negro, muda y torera de "Blancanieves". Desde luego, Pablo Berger ha tenido reaños para meterse en semejante fregado: dirigir una película de temática taurina en los tiempos que corren le obligará a llevar guardaespaldas, como poco, hasta Navidades. No en vano, los antis ya han protestado porque consideran que durante el rodaje se incumplieron las leyes de protección animal. Qué gente más jartible.


¿De qué trata "Blancanieves"? Es, por supuesto, una adaptación del cuento de los hermanos Grimm, con la particularidad de estar ambientada en la España de los años 20 (aunque los de vestuario no han tenido valor para plantarle a los actores la montera de Paquiro). Cuenta la historia de Carmencita (Sofía Oria y Macarena García), una hermosa joven huérfana de madre que, desde niña, trata de huir de su malvada madrastra, Encarna (Maribel Verdú). Su padre, el popular matador Antonio Villalta (Daniel Giménez Cacho), desvalido desde que recibió una grave cornada en Sevilla, le enseña a torear en su cortijo de "Monte Olvido". Cuando puede valerse por sí misma, Carmencita escapa y se une a un espectáculo de enanitos toreros que recorre las ferias de España. Gracias a estos festejos populares, la Blancanieves del toreo va ganando popularidad hasta que una tarde debuta en La Colosal de Sevilla ante un toro llamado "Satanás" (suponemos que procedente de la misma familia de aquel otro que corneó a su padre, "Lucifer"). Mientras da la vuelta al ruedo recogiendo los parabienes del público, su madrastra, escondida en un burladero, le lanza una manzana envenenada...



Tanto la adaptación de la historia como la puesta en escena resultan terriblemente originales. La iluminación, en algunas escenas de inspiración expresionista, aprovecha la luz dura de los mediodías andaluces para crear fortísimos contrastes. El montaje rápido de otras secuencias recuerda al cine ruso de Eisenstein (la cogida de Antonio Villalta bien podría compararse con el ataque en la escalera de Odesa). Otras imágenes hacen claros guiños al Hollywood clásico: la verja del cortijo "Monte Olvido" se asemeja a la cancela de "Xanadoo" de "Ciudadano Kane"; o la muerte del chófer de la madrastra ahogado en la piscina, que copia el inicio del "Crepúsculo de los dioses". A estos detalles se suman secuencias puramente ibéricas: el ritual para vestir al torero, la capilla en la plaza de toros, la banda de música tocando el pasodoble, el patio andaluz con el gallo picoteando el suelo, la mesa camilla, la ropa lavada a mano, las plazas de talanqueras con vecinos desdentados, la torre de la iglesia y sus campanas... Ningún plan para promocionar la Marca España en el extranjero funcionará mejor que "Blancanieves" (la película, por cierto, ya ha sido elegida para la próxima ceremonia de los Óscar). A esto se suman interpretaciones brillantes. La actriz Macarena García, con sus pestañas infinitas, tiene un rostro auténticamente mudo. Magnífica también Maribel Verdú en su papel de madrastra perversa.




Sin embargo, la película tiene, para mi gusto, dos grandes fallos: uno de forma y otro de fondo. El primero, su larga duración: pocas obras soportan bien la frontera de los 90 minutos (ésta alcanza los 104). El segundo desacierto resulta más complejo: me repatea el indulto final en la plaza de toros de Sevilla (que, en realidad, es la de Aranjuez) con el público enfervorezido aireando sus pañuelos hacia la presidencia (quizás porque esta escena ya la he vivido en mis carnes y con estupefacción cuando Manzanares indultó a "Arrojado" de Núñez del Cuvillo en 2011). Esta ridícula decisión ha sido la puntilla: ¡a Blancanieves también le ha entrado la fiebre de la indultitis! Una película española, bárbara y expresionista, con sus imágenes arrebatadoras, tendría que haber terminado con la muerte del toro en el centro del ruedo. Pero, a última hora, cuando todo marchaba bien, afloraron los complejos; la filosofía moderna de que la vida no es sueño, como dijo Calderón, sino un cuento para niños, como "El Principito" o "Peter Pan".



Me lo temí antes de entrar en la sala, cuando le leí al director la siguiente frase en una entrevista: "Blancanieves es un cuento en imágenes. La película habla del niño que todos llevamos dentro. Sentaré al espectador sobre mis rodillas y le contaré un cuento lleno de fantasía, drama, horror y humor negro. Érase una vez...". No, señor Berger: el infantilismo no cabe en el ruedo. Lo cantan hasta en la copla: "Aquí no hay plaza ni nombre / ni traje tabaco y oro, / aquí hay un niño muy hombre / que está delante de un toro". Para un final redondo, Blancanieves tendría que haber entrado a matar hasta la bola, sin dejar de mirar al burel, como le enseñó su padre.