viernes, 4 de octubre de 2013

Las Ventas en otoño

Las Ventas, en otoño, respira distinto. Durante San Isidro se ven más caras desconocidas, intrusas, que dicen los aficionados incondicionales. Gente a quien un abonado ha regalado su entrada y va una tarde a los toros con el fin de pasar el rato. Estos días, en cambio, están los fieles. Como podrán suponer, leales y sufridores quedamos pocos, así que la plaza luce a medias, pero el ambiente resulta especialmente agradable.
 
 
Descorchó la Feria de Otoño una novillada del Ventorillo, correctamente presentada y sin exageraciones, con tres utreros de poca fuerza, rozando la invalidez (1º, 2º y 3º) y otros tres nobles con posibilidad de cortarles las orejas (4º, 5º y 6º). Cuando los aficionados reafirmábamos nuestra hipótesis de que no existe una ganadería buena cuyo nombre acabe por -illo o -illa, salieron Alagado, Afortunado y Aviador para desbaratar esta teoría.
 
 
Ante los Ventorrillos naufragó la novillería, que quedó en ni fu ni fa, ni frío ni calor, como la climatología de la propia tarde. Tres jóvenes (Javier Jiménez, Diego Fernández y Juan Ortega) con estilos distintos, pero todos igualmente olvidables. Agua.
 
 
Maravillosa, como de costumbre, la tertulia posterior al festejo, que se alargó hasta bien entrada la noche, a pesar de que en el cielo serpenteaban algunos relámpagos silenciosos. En esto consiste el secreto encanto de los toros en otoño.

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