miércoles, 4 de diciembre de 2013

La vida del pastor

El pasado domingo, Juli estoqueó en Lima un toro de San Esteban de Ovejas. ¡De ovejas! No me negarán que Julián es un provocador. Esta anécdota me ha hecho recordar un  entrañable poema sobre la vida del pastor.
 

Quieto, clavado en la cumbre,
Al abrigo de la lumbre
Que le presta su calor,
Como un pináculo aguja,
Sobre el cielo se dibuja
La silueta del pastor.

Está desnutrido, es viejo,
Dos chispas, un entrecejo,
Dos cepillos y un ojal,
Tres pinchos y una mampara
Son los rasgos de su cara,
Cubierta por un breñal.
Sobre este rostro de hueso
Pone siempre el primer beso
La primera luz del día.
Otro postrero le ofrece
Cuando su brillo decrece
Ante la noche sombría.

Ya sin sol, año tras año,
Se esconde con su rebaño
En la choza del redil.

Allí cumple su condena
Sin conversación, sin cena,
Sin camastro y sin candil.
Vida triste, vida dura
Es la vida del pastor.


Pero quien goza y delira,
¿No encuentra como mentira
Los delirios de su goce?
Y quien piensa ser amado,
¿No vive con el cuidado
De un dolor que le destroce?
Y quien lucha y ambiciona,
¿No encuentra como corona
El escarnio de la suerte?
Vale más vivir la vida
Solitaria y escondida,
Sin ternura y sin afán,
Alimentando en la cumbre
Un amor sólo, la lumbre,
Y sólo un amigo, el pan.

Vida triste, vida dura
Es la vida del pastor
Y por eso es la mejor.
 

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